VIERNES SANTO

VIERNES SANTO EN LA PASIÓN DEL SEÑOR
Abril 2 de 2021

Primera Lectura: Is 52,13 - 53,12
Salmo: 31(30),2+6. 12-13.15-16.17+25 (R. 6a)
Segunda Lectura: Hb 4,14-16; 5,7-9
Evangelio: Jn 18,1 - 19,42

I. Orientaciones para la Predicación

Introducción
En este día celebramos la muerte de Jesús como paso necesario hacia la resurrección,
este recuerdo está lleno de esperanza y de victoria. Es un día centrado en la
cruz, pero no con aire de tristeza, sino de celebración, ya que Cristo Jesús, como
Sumo Sacerdote, en nombre de toda la humanidad, se ha entregado voluntariamente
a la muerte para salvarnos a todos.


1. Lectio: ¿Qué dice la Sagrada Escritura?
El profeta Isaías nos anuncia uno de los momentos culmen de la revelación veterotestamentaria:
el cuarto cántico del Siervo de Yahveh. Este siervo se presenta ante
los demás, en primer lugar, como raíz de tierra árida o flor gris del desierto sin profundidad
ni colorido. El Siervo es presentado como despreciado y abandonado por
todos. Es condenado a la muerte. Ahora bien, no era culpable, nos dice Isaías. Al contrario,
es a causa de nuestras faltas como ha llegado a esta situación. Pero lo que
aparecía como un oprobio se ha convertido en una exaltación. Será elevado. Cuando
su vida parecía acabar en un fracaso y en soledad, llevaba el pecado de las muchedumbres.
Su vida da fruto, verá su descendencia. Será colmado.

La vida, muerte y revivificación del Siervo han sido el único modo de aplacar la ira
divina, de satisfacer por los pecados de judíos y gentiles conjuntamente. Abandonado
en manos de Yahveh, el Siervo ha conseguido lo que no consiguiera ni el Israel
histórico con la multitud de sacrificios. Por eso en él se cumplirá la promesa abrahámica
de vida perenne expresada en fecundidad. Asimismo, todos los rasgos atribuidos
al Siervo de Yahveh, del Israel de la fe, los evangelistas, inspirados por el mismo
Dios, lo vieron realizado plenamente en el Jesús histórico de Nazaret.
El salmo 31 (30) es un canto individual de acción de gracias en el que se expresa la
actitud de quien ha sido liberado de sus aflicciones y alaba a Dios en el templo. En
efecto, al inicio del salmo se expresa la súplica de un acusado inocente, de un enfermo,
de un moribundo, expuesto a la persecución: es un maldito, excluido de la
comunidad, y “que produce miedo en sus amigos”, porque se lo considera como
objeto de desecho. Se huye de él como de un apestado. La parte final del salmo es
la dulce oración de intimidad de un huésped de Yahveh: a pesar de las acusaciones
injustas de que es objeto este moribundo, continúa cantando la felicidad de su vida
de intimidad con Dios: “¡Qué grande es tu bondad, Yahvé! La reservas para tus adeptos…
¡Bendito Yahvé que me ha brindado maravillas de amor! ¡Tengan valor, y firme
el corazón, ustedes, los que esperan en Yahvé!
La carta a los Hebreros nos presenta el sumo Sacerdocio de Cristo como un incentivo
más para la perseverancia. La argumentación tiene delante el patrón del Antiguo
Testamento. Una vez al año, el gran día de la expiación, el sumo sacerdote judío
entraba en el santo de los santos, con la sangre de las víctimas, para llevar a cabo la
expiación de los pecados de todo el pueblo. Sobre este patrón familiar a todos los
judíos, se describe la función sacerdotal. Allí, ante Dios, ejerce su oficio sacerdotal a
favor de todos los hombres.
Cristo siendo Hijo de Dios se compadece de nosotros, comprende nuestra fragilidad
y asume la condición de sumo sacerdote de forma renovada. Él, desde esta condición,
asume nuestra humanidad, menos en el pecado, para enseñarnos el camino a
Dios y ofrecernos su salvación. Por ello, la lectura nos invita a acercarnos con confianza
al Trono de la Gracia, con la seguridad de encontrar auxilio y misericordia por
nuestros pecados y la fortaleza que nos sustenta en la lucha diaria.
En el relato completo de la pasión según san Juan, se evidencia una de las características
del Jesús joánico durante la pasión: su soberanía. Jesús se presenta como el
hombre libre que camina hacia su muerte con plena conciencia. La cruz no lo agarra
desprevenido. Habría podido escapar, pero se deja atar porque da su vida para que
todos tengan vida (Jn 18,1-19,42). De esta manera, está cumplido el plan de Dios para
redimir al hombre.
Esta entrega plena de Jesús en la cruz es testimonio de algo sublime, que nos lleva
a preguntarnos ¿por qué Dios permitió que su Hijo viviera tantos vejámenes y muriera
en cruz, si Él hubiera podido decir una palabra para dar el perdón a todos los
hombres? La respuesta a esto solo tiene una razón: el amor. Jesús mismo declaró su
libertad de compadecerse de toda la humanidad y de entregar su vida por la redención
de todos.
Asimismo, este don pleno de su amor es la invitación a que sepamos, creamos y
comprendamos, ante pruebas tan absolutas, la inmensidad sin límites de ese amor
que nos tienen. Ahora sabemos, en cuanto al Padre, que "Dios amó tanto al mundo,
que dio su Hijo unigénito" (3, 16); y en cuanto al Hijo, que "nadie puede tener amor
más grande que el dar la vida" (15, 13). En definitiva, el empeño de Dios es el de todo
amante: que se conozca la magnitud de su amor, y, al ver las pruebas indudables, se
crea que ese amor es verdad, aunque parezca imposible. De ahí que, si Dios entregó
a su Hijo como prueba de su amor, el fruto sólo será para los que así lo crean (3, 16, in
fine). El que así descubre el más íntimo secreto del Corazón de un Dios amante, ha
tocado el fondo mismo de la sabiduría, y su espíritu queda para siempre fijado en el
amor (Cfr. Ef. 1, 17).

2. Meditatio: ¿Qué me dice la Sagrada Escritura y que me sugiere para decirle a la
comunidad?
En este camino del Triduo Pascual llegamos al gran acontecimiento de la salvación
por medio de la muerte en cruz de Cristo-Jesús. Por eso, con fe cantamos ¡Victoria,
tu reinarás; oh Cruz tú nos salvarás! Esta aclamación recoge la más profunda significación
de la Cruz y la misión que adquirimos los discípulos del Maestro.
A propósito de esto, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda, ante este gran
misterio de fe y amor, que “la muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una
desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de
Dios, como lo explica san Pedro a los judíos de Jerusalén ya en su primer discurso de
Pentecostés: "Fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento
de Dios" (Hch 2, 23). Este lenguaje bíblico no significa que los que han "entregado a
Jesús" (Hch 3, 13) fuesen solamente ejecutores pasivos de un drama escrito de antemano
por Dios”. (CIC 599)
Por lo tanto, al morir Jesús por nuestros pecados entendemos que este designio
divino de salvación a través de la muerte del "Siervo, el Justo" (Is 53, 11; Cfr. Hch 3, 14)
es misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de
la esclavitud del pecado (Cfr. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). La muerte redentora de Jesús
cumple, en particular, la profecía del Siervo doliente (Cfr. Is 53, 7-8 y Hch 8, 32-35).
Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente
(Cfr. Mt 20, 28). Después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras
a los discípulos de Emaús (Cfr. Lc 24, 25-27), luego a los propios apóstoles (Cfr. Lc
24, 44-45). (Cfr. CIC 601)
Entendemos como creyentes que éramos nosotros, la humanidad, la que debía
sufrir tantos vejámenes y dolores por habernos negado a obedecer la ley divina. En
realidad, todos hemos pecado mucho. Y por nuestros pecados fue tenido por maldito
quien no conoció el pecado, para liberarnos de la antigua maldición. Si alguien
merecía la cruz era cada ser humano, cada uno de nosotros, porque a pesar de su
entrega, muchas veces seguimos repitiendo los actos que nos apartan de su voluntad
y de su amor.
Actualizar el misterio de la salvación desde la cruz ha de motivarnos, para que de
este Triduo Pascual nos comprometamos a emprender con mayor decisión la vida
de santidad. No llegaremos efectivamente a la perfección y a la total unión con Dios,
sino anteponiendo su amor a la vida terrena y proponiéndonos luchar animosamente
por la verdad. Bellamente lo expresó nuestro Señor Jesucristo: “El que no coge su
cruz y me sigue, no es digno de mí”. En efecto, tomar la cruz significa, renunciar al
mundo y posponer todo aquello que nos aparta de su amor.
Por consiguiente, los que seguimos a Cristo estamos también con él crucificados,
muriendo a nuestra antigua conducta, somos introducidos en una vida nueva conforme
al evangelio. Por eso decía Pablo: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado
su carne con sus pasiones y sus deseos”. Y nuevamente, como hablando de sí, dice
de todos: “Para la ley yo estoy muerto, porque la ley me ha dado muerte; pero así vivo
para Dios. Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en
mí”. Y a los Colosenses les dice: “Si moristeis con Cristo a lo elemental del mundo,
¿por qué os sometéis a reglas como si aún vivierais sujetos al mundo? De hecho, la
muerte del elemento mundano que hay en nosotros nos introduce en la conversión
y en la vida de Cristo”.
En consecuencia, si Cristo en la Cruz es la suprema expresión del amor del Padre, es
necesario anunciar a los hermanos que en la Cruz se produce el más auténtico y
genuino encuentro con Dios. Que Dios a los que ama los prueba, como un buen
Padre que es. Por los sufrimientos, Jesús aprendió a obedecer y encontrarse con la
voluntad genuina de Dios. Y eso se produce en sus discípulos. El creyente es un testigo
vivo, en medio del mundo, del amor de Dios desde y en la cruz dolorosa y gozosa.
Sólo el creyente puede transmitir esta sabiduría y poder del amor de Dios. Y el
mundo lo necesita.
En este día solemne y de gracia se requiere insistir en el don de la entrega libre y por
amor de Cristo en la cruz, para la salvación de toda la humanidad. Es oportuno hacer
evidenciar todo aquello que llevó a que el Señor fuera conducido al Gólgota y crucificado,
pero además que se reconozca que hoy nuevamente, de muchas formas,
llevamos a Cristo a la cruz: cuando destruimos al otro con palabras y obras, cuando
atentamos contra la justicia, la verdad, la paz y el cuidado del medio ambiente.
En consecuencia, es necesario recordarle a todo el santo pueblo fiel de Dios que
para ser discípulo de Cristo hay que renunciar a todo (incluso a sí mismo), tomar su
Cruz y seguirle; que para ser discípulos de Jesús es necesario permanecer fieles a su
Palabra que es la verdad y que es la única que proporciona la libertad; que la Cruz de
Cristo es el valor que subvierte todos los demás valores en los que el hombre cree
encontrar su libertad y su felicidad como son el poder, el bienestar, el prestigio, la
ciencia humana; que conseguida la liberación, el discípulo descubre que la Cruz es
un motivo de gloria, es el único valor que merece realmente su atención. Finalmente,
hacer ver que, si es posible conseguir la libertad de los hijos de Dios, porque Cristo
en la Cruz es la suprema expresión del amor del Padre en favor de la humanidad
esclavizada por lo único que no la deja realizarse: el pecado.
Sólo se puede amar al otro de verdad en la dimensión de la Cruz, es decir, cuando se
descubre y se experimenta el amor que el Padre nos tiene a todos los hombres. Por
eso podemos comprender la fuerza liberadora de la Cruz.

3. Oratio y Contemplatio: ¿Qué suplicamos al Señor para vivir con mayor compromiso
la misión? ¿Cómo reflejo en la vida este encuentro con Cristo?
El encuentro con la persona de Cristo transforma la existencia del ser humano.
Quien se encuentra íntimamente con el Señor no podrá seguir siendo el mismo, su
vida se fundará plenamente en Él y se proyectará buscando dar gloria a su nombre.
Por eso, si queremos que este Triduo Pascual nos lance a una misión de evangelización,
es necesario recordar las palabras del papa Francisco, en el Ángelus, el 03 Julio
de 2016: “la misión del cristiano en el mundo es una misión estupenda y destinada a
todos y ninguno está excluido; ella requiere mucha generosidad y sobre todo la
mirada y el corazón dirigida a lo alto para invocar la ayuda del Señor. Hay mucha
necesidad de cristianos que testimonien con alegría el Evangelio cada día”.

II. Moniciones y Oración Universal o de los Fieles

Monición inicial
La muerte de Cristo que hoy celebramos está llena de esperanza y victoria. Es
muerte por el amor, es muerte para la vida. Cristo en la cruz, se ha entregado voluntariamente
a la muerte para salvar a todos. Contemplamos en ella el árbol que da
fruto, el árbol de la victoria. Vivamos con mucha fe y piedad los tres momentos prin-
II. Moniciones y Oración Universal o de los Fieles
de esta celebración: Liturgia de la Palabra, adoración a la santa Cruz y sagrada
Comunión.


Monición a la postración
La postración rostro en tierra es el gesto más completo de humildad que una persona
puede hacer ante Dios, rico en misericordia. En este día lo hace el ministro que
preside la celebración. Nosotros lo acompañamos poniéndonos de rodillas.


Monición a la Liturgia de la Palabra
Esta Palabra de Dios proclamada hoy, en un ambiente de sobriedad y silencio, nos
invita a reconocer que en Cristo Jesús está reflejada nuestra vida. Como Él mantengámonos
firmes en la fe que profesamos y aprendamos a confiar sólo en Dios.

Monición a la Oración Universal
Cristo en la cruz oró por todos sin distinción alguna. Nosotros, siguiendo su ejemplo,
oremos por las necesidades e intenciones de la Iglesia y del mundo entero.
(En este día se hace la forma solemne prevista en el Misal).

Monición a la Adoración de la santa Cruz
La cruz del Señor es el símbolo de nuestra salvación. Nuestra fe en el Crucificado es
el fundamento de nuestra esperanza. Al acercarnos procesionalmente a la cruz,
reconozcamos a Jesús como nuestro único Salvador y Redentor, y adorémoslo.

Monición a la Sagrada Comunión
Hoy no celebramos la Eucaristía. Ahora se trae el Pan que fue consagrado en la celebración
de ayer y con Él comulgaremos. Al comulgar expresemos y vivamos la unión
con Aquel que se entregó por nosotros en la cruz.

Monición final
Después de haber sido testigos del amor del Padre por nosotros, al entregarnos a su
propio Hijo, con la gracia del Espíritu Santo y en compañía de María
Santísima, prolonguemos en el silencio de hoy y de mañana la contemplación del
Misterio de la Pasión, y preparémonos al gozo de la Resurrección.