Novena al Espíritu Santo

 

VEN ESPÌRITU SANTO,
CONSUELO Y VIDA,
ALIENTO Y ESPERANZA

Documento elaborado por el Pbro. Dr. Diego Uribe C., Profesor Titular Universidad Pontificia Bolivariana, Comisión Nacional de Liturgia

 

Con el don del Espíritu Santo en la mañana de Pentecostés, llega a su plenitud toda la revelación divina, Dios nos hace sentir su presencia y su amor y regala a la Iglesia que nace la fuerza necesaria para emprender su camino.

Esta Novena de Pentecostés es querida por la Iglesia, como lo indica el Directorio de Piedad Popular y Liturgia en el número 155: “La Escritura da testimonio de que, en los nueve días entre la Ascensión y Pentecostés, los Apóstoles "permanecían unidos y eran asiduos en la oración, junto con algunas mujeres y con María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos" (Hechos1,14), en espera de ser "revestidos con el poder de lo alto" (Lucas 24,49). De la reflexión orante sobre este acontecimiento salvífico ha nacido el ejercicio de piedad de la novena de Pentecostés, muy difundido en el pueblo cristiano. En realidad, en el Misal y en la Liturgia de las Horas, sobre todo en las Vísperas, esta "novena" ya está presente: los textos bíblicos y eucológicos se refieren, de diversos modos, a la espera del Paráclito. Por lo tanto, en la medida de lo posible, la novena de Pentecostés debería consistir en la celebración solemne de las Vísperas. Donde esto no sea posible, dispóngase la novena de Pentecostés de tal modo que refleje los temas litúrgicos de los días que van de la Ascensión a la Vigilia de Pentecostés”.

Vivirla en estos tiempos dolorosos, será la oportunidad de acoger la fuerza del Espíritu para llevar consuelo y fortaleza a cuantos viven en esta hora de la historia las consecuencias de la enfermedad, de la violencia, de la descomposición de la sociedad.

Que nuestra plegaria confiada nos consiga vivir la presencia del Espíritu como una oportunidad para sembrar esperanza, para dar vida y para restaurar el corazón doliente de la humanidad.

Este texto de la Novena de Pentecostés1 desea ser una ocasión para el fortalecimiento de la fe y de la esperanza del Pueblo de Dios en a contexto actual que estamos viviendo.

Oración Inicial

Dios siempre fiel, tu Hijo nos prometió el don del Espíritu, gozo que santifica, fuerza que anima, consuelo que restaura el corazón del mundo, abogado y maestro de la fe y de la vida:

• Ven fuerza y gozo, aliento y esperanza de la Iglesia que quiere ser signo de amor y de misericordia
• Ven alegría y gozo para quienes hoy lloran en la soledad, en la enfermedad, en la persecución, en la desesperanza
• Ven refugio y baluarte de quienes avanzan por los caminos de la fe.
• Ven, médico y medicina, para que se sane el corazón del mundo, para que encontremos remedio para los dolores del mundo.
• Ven, revelación y comunicación de la voluntad divina, para que vivamos en la obediencia de la fe y en la fidelidad a la verdad.
• Ven, para que nuestras obras reflejen el amor que Jesús nos regala para ofrecerlo al mundo.

En esta hora amarga de la historia, envíanos, Dios fiel, la presencia y la bendición del Espíritu Santo que sana y consuela, que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Amén.

A modo de gozos:

Oh Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra.

Ven, Espíritu Divino manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

Oración final

Oración de San Juan XXIII al Espíritu Santo

Espíritu Santo Paráclito, perfecciona en nosotros la obra iniciada por Jesús; Haz fuerte y continua la plegaria que elevamos en nombre del mundo entero. Acelera para cada uno de nosotros los tiempos de una profunda vida interior.

Da impulso a nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres y a todos los pueblos, todos redimidos por la sangre de Cristo y todos herencia suya. Mortifica en nosotros la natural presunción y levántanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios, del ánimo generoso. Que ninguna atadura terrena nos impida hacer honor a nuestra vocación. Que ningún interés, por negligencia nuestra, mortifique las exigencias de la justicia.

Que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad a la estrechez de los pequeños egoísmos. Que todo sea grande en nosotros: la búsqueda y el culto de la verdad, la prontitud por el sacrificio hasta la cruz y la muerte.

Que todo, finalmente, corresponda a la última plegaria del Hijo al Padre celestial, y a esa efusión que de Ti, Santo Espíritu de Amor, quisieron el Padre y el Hijo sobre la Iglesia y sus instituciones, sobre cada una de las almas y sobre los pueblos.

Amén.

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

EL ESPÍRITU SANTO, PLENITUD DEL MISTERIO PASCUAL
La Pascua puede bien llamarse el primer Pentecostés ―"recibid el Espíritu Santo"―, en espera de su efusión pública y solemne, después de cincuenta días, sobre la comunidad primitiva reunida en el Cenáculo. "El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos" (Rm 8, 11) debe habitar en nosotros y llevarnos a una vida cada vez más conforme a la de Cristo resucitado. Todo el misterio de la salvación es un acontecimiento de amor trinitario, del amor que media, entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. La Pascua nos introduce en este amor mediante la comunicación del Espíritu Santo, "que es Señor y dador de vida" (Símbolo. Niceno-Constantinopolitano

Súplica
Pidamos que Iglesia del Señor que en estos tiempos de crisis peregrina en la historia avive en este Pentecostés que se acerca la certeza de su fidelidad al amor de Dios, la alegría de confesar la Resurrección de Cristo y la presencia siempre activa y gozosa del Espíritu del Señor, fuente de consuelo, de fortaleza y de esperanza.

Ven, Espíritu Divino y llénanos con la verdad.

Intención
Pidamos la fuerza constante y la acción vivificante del Espíritu Santo para quienes trabajan con empeño y alegría en el anuncio inicial de la fe. Que unidos con María en el Cenáculo, renovemos nuestra decisión de ser anunciadores de la verdad y de la esperanza.

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

DON DE SABIDURÍA
El primero y mayor de tales dones es la sabiduría, la cual es luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios. En efecto, leemos en la Sagrada Escritura: "Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza" (Sb 7, 7-8).

Esta sabiduría superior es la raíz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por así decirlo, con las cosas divinas y prueba gusto en ellas. Santo Tomás habla precisamente de "un cierto sabor de Dios" (Summa Theol. II-II, q.45, a. 2, ad. 1), por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de Dios, sino el que las experimenta y las vive.

Súplica
Roguemos para que el Espíritu infunda en estos tiempos de dolor, la verdadera sabiduría, la que se expresa en la humildad, en la alegría, en la generosidad para acoger las enseñanzas de Dios.

Intención
Pidamos por nuestros Maestros, los de la primera infancia, los que forman la juventud, los que trabajan en nuestras Universidades, en nuestros Colegios, en nuestras Escuelas. Que se llenen de la Sabiduría para que el conocimiento sea también luz para la vida y fuente de humanismo fundado en la fe, para que sean formadores virtuales, es decir, maestros que, con las nuevas posibilidades tecnológicas, ofrezcan las virtudes auténticas a sus discípulos

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

DON DE INTELIGENCIA
El don de la Inteligencia. La palabra "inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" (1 Co 2, 10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro; "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24, 32).

Invoquémoslo por intercesión de María Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu supo escrutar sin cansarse el sentido profundo de los misterios realizados en Ella por el Todopoderoso (cf. Lc 2, 19 y 51). La contemplación de las maravillas de Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 1, 46 s.).

Súplica
Danos, Dios de la vida, la Inteligencia necesaria y suficiente para encontrar los caminos que nos lleven como Iglesia particular a leer tu presencia en los signos de nuestra historia, para asumir el reto de una humanidad doliente con inteligencia modelada en los valores cristianos.

Intención
Pidamos con fe el don de la Inteligencia para que la gracia de Dios ilumine a quienes están llamados a discernir lo que más conviene al pueblo santo, puedan trazar a la Iglesia que peregrina en medio de tantas adversidades los caminos más seguros que nos lleven a la verdad que salva y a la fe que todo lo ilumina.

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

DON DE CIENCIA
Meditamos hoy el don de ciencia, gracias al cual se nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.

Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida.

Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo. Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de ciencia.

Súplica
Que venga sobre nosotros el don de la Ciencia y que inspirados por este regalo de Dios sepamos contemplar la creación entera como el espacio en el que el Hombre realiza su vida según el designio de Dios, que aprendamos a leer en la obra de Dios su voluntad de amor, que dejemos que la luz del Espíritu anime las búsquedas de la verdad y de la bondad.

Intención
Pidamos la luz del Espíritu Santo para tantos creyentes que defienden la vida, la dignidad de la familia y la santidad de la existencia humana de modo que puedan proponer con plena libertad la voluntad de Dios sobre toda existencia humana y puedan ofrecer a la ciencia una luz que la acompañe y oriente en la búsqueda del bien y de la verdad.

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

DON DE CONSEJO
Hoy tomamos en consideración el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones morales que la vida diaria le impone.

Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina "reconstrucción de las conciencias". Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos. En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros ―de todos nosotros― para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos.

Súplica
Danos, Señor, la alegría de escuchar la voz de nuestra conciencia iluminada por tu gracia, para actuar conforme a tu voluntad, haz que aprendamos a leer tu voluntad y a hacer de ella luz para nuestros pasos.

Intención
Pidamos el don de consejo para quienes nos presiden y acompañan en la fe, de modo que podamos ser guiados según la voluntad de Dios. Que nuestros pastores, fortalecidos con este don de tu amor sean aliento para la esperanza de todos, trabajen por la verdad y conduzcan a los pueblos por caminos seguros de reconciliación y de fraternidad.

De la alocución del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Regina Coeli.

DON DE FORTALEZA.
En nuestro tiempo muchos exaltan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente circundante.

Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber.

Cuando experimentamos, como Jesús en Getsemaní, "la debilidad de la carne" (cf. Mt 26, 41; Mc 14, 38), es decir, de la naturaleza humana sometida a las enfermedades físicas y psíquicas, tenemos que invocar del Espíritu Santo el don de la fortaleza para permanecer firmes y decididos en el camino del bien. Entonces podremos repetir con San Pablo: "Me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte" (2 Co 12, 10).

Súplica
En estos días de desesperanza, danos, Dios de la vida, la verdadera fortaleza que nos permita ofrecer apoyo y confianza a cuantos se sienten débiles, tristes, marginados, para que puedan sentir tu gracia a través de la misericordia de tu Iglesia.

Intención
Que el Espíritu Santo llene con el don de fortaleza a cuantos trabajan en las instituciones de caridad y de misericordia para que siempre puedan ofrecer a todos la alegría renovadora del amor de Dios y hagan presente el amor creativo del Evangelio en todos los corazones.

De la catequesis del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Ángelus

DON DE PIEDAD
Mediante este don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.

La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vació que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno

La ternura, como apertura auténticamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la mansedumbre. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo.

El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.

Súplica
Dios de la vida, concédenos el don de la Piedad para que podamos acudir en ayuda de nuestros hermanos con la misma alegría con la que te honramos y te celebramos glorificando tu nombre.

Intención
Pidamos el don de la piedad para todos los que en esta Iglesia queremos seguir alabando a Dios con un culto reverente y queremos mostrar su rostro amoroso y su compasión renovadora a todos los que sufren, para que la celebración de la fe sea fuerza y paz para todos.

De la catequesis del Papa San Juan Pablo II durante el rezo del Ángelus

DON DE TEMOR DE DIOS
La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o acordarse de Él, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín» (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cfr. Mt 25, 18. 26).

Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda majestad de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser «encontrado falto de peso» (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar.

Invoquémoslo por intercesión de María que, al anuncio del mensaje celeste o se conturbó» (Lc 1, 29) y, aun trepidante por la inaudita responsabilidad que se le confiaba, supo pronunciar el fíat» de la fe, de la obediencia y del amor.

Súplica
Danos, Señor la alegría de servirte con corazón libre y gozoso y ayúdanos a buscar siempre tu gloria, haz que te sirvamos sin temor y con alegría

Intención
Pidamos para que, en este tiempo difícil, nuestra Iglesia sea siempre gozosamente fiel a Dios, que tengamos temor de ofenderlo, que busquemos siempre su gloria en la confianza y en la esperanza y difundamos en el mundo la alegría de un Dios que es amable y fiel, bondadoso y rico en clemencia.

De la Catequesis sobre la preparación a la venida del Espíritu Santo: María presente en el Cenáculo, del Papa San Juan Pablo II10

MARÍA, LLENA DEL ESPIRITU

En los Hechos de los Apóstoles, María aparece como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. Sobre la base del Evangelio de Lucas y otros textos del Nuevo Testamento, se formó una tradición cristiana acerca de la presencia de María en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha resumido afirmando que Ella es un miembro excelentísimo y enteramente singular (cf. Lumen Gentium, 53) por ser Madre de Cristo, Hombre-Dios, y por consiguiente Madre de Dios.

Es verdad que Ella misma es ya “templo del Espíritu Santo” (Lumen Gentium, 53) por su plenitud de gracia y su maternidad divina, pero Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo, al venir al mundo, recibió del Padre (cf. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia (cf. Jn 17, 18). María, desde el inicio, está unida a la Iglesia, como uno de los “discípulos” de su Hijo, pero al mismo tiempo destaca en todos los tiempos como “tipo y ejemplar acabadísimo de la misma (Iglesia) en la fe y en la caridad” (Lumen Gentium, 53).

Súplica
Concede Señor a tu Iglesia la perseverancia en la Oración, para que junto con María, Madre y modelo de obediencia y fidelidad, permanezca atenta a la voz y a la enseñanza del Espíritu y pueda vivir la alegría de la obediencia y el gozo de servir a todos con esperanza.

Intención
Pidamos para que nuestra Iglesia sea maestra de oración y de vida y en comunión de fe, Pastores y Rebaño, puedan ofrecer al mundo un testimonio de gozosa esperanza al anunciar el Reino de la vida y de la paz.

 

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