La Inmaculada Concepción de la Virgen María

En el marco del Jubileo Diocesano con motivo de los 50 años de nuestra Diócesis de Neiva, encomendada a la Virgen María, celebramos la Solemnidad de su Inmaculada Concepción.  Meditemos sobre este gran misterio de amor.

A la Virgen María le celebramos en distintas fiestas, una de las más importantes es la Inmaculada Concepción. Es un dogma de la Iglesia, precisamente desde el 8 de diciembre de 1854, pero con muchísima devoción desde tiempos inmemoriales.

¿Y qué significa este título? Inmaculada quiere decir sin ninguna mancha, ni suciedad, sin pecados. Inmaculada es lo mismo que pura. Por eso también es conocido este día como el de la Purísima. Es el saludo acostumbrado cuando uno comienza a confesarse. Se dice Ave María purísima, y se contesta sin pecado concebida. Se recuerda así el ejemplo de belleza y santidad de la Madre de Dios y Madre nuestra.

Concepción es el momento del comienzo de la vida. Desde el momento de su concepción, por sus padres san Joaquín y santa Ana, María no tuvo ningún pecado. Ha sido el único caso, en la historia de la humanidad, de nacer sin pecado original. Así lo quiso Dios, porque su Madre sería el primer sagrario, donde Él comenzaría a vivir.

Sin pecado. Así fue el alma de la Virgen durante toda su vida. Nosotros estamos manchados frecuentemente por faltas, pecados y errores. Pero la Virgen María es Madre, y no le importa que nos ensuciemos sino que nos ayuda rápidamente a limpiarnos. Por eso, en esta fiesta podemos pedirle que nos mantenga siempre alejados del pecado, que no nos ensuciemos.

La Virgen María siempre ha vencido en todas las tentaciones, y nunca cometió ninguno pecado. Mantuvo su alma limpia, y resplandeciente, durante toda su vida. Le pedimos ayuda ahora, para mejorar, con motivo de la celebración y el reconocimiento de su pureza. ¿Cómo? Dependiendo de la generosidad de cada uno.

Si le preguntáramos a nuestra madre de la tierra qué regalo prefiere, por su cumpleaños, casi todas las madres suelen decir lo mismo. Por lo menos mi madre nos decía, a mis siete hermanos y a mí, que el único regalo que nos pedía es que nos portáramos bien.

Esto, referido a la Virgen María, se manifiesta en recibir dos sacramentos con más frecuencia: la Confesión y la Eucaristía. Gracias a estos dos sacramentos nos arrepentimos de nuestros pecados, somos perdonados y podemos recibir a su Hijo Jesús, dentro de nosotros, como ella hizo. María tuvo a Jesús dentro de ella en los nueve meses de embarazo, y después de la Resurrección del Señor, cuando pudo comulgar. Por estas razones es muy importante la limpieza de nuestra alma.

Se cuenta que un pintor quería dibujar una imagen de la Inmaculada Concepción. Buscó el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo. Se acercó a una, y le pidió si estaría dispuesta a posar en su taller, para servir de modelo de un cuadro de la Virgen. La joven se quedó sorprendida; pero, después de tranquilizarse, dijo al artista: “Hoy no puede ser, volveré pronto”. Al día siguiente, después de los saludos previos, dijo la joven al pintor: “Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada, porque no estaba en gracia de Dios. Esta mañana me he confesado, y ahora podré servir como modelo menos indignamente”.

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a Ella cada día. Los hijos deben parecerse a su Madre.

Aprovechemos esta ocasión para pedirle la limpieza de nuestra alma, con la confesión de nuestros pecados y el deseo de imitarle más a Ella. Tenemos nueve días seguidos para acercarnos más a nuestra Madre. Lo que más le gustará es vernos decididos a parecernos más a Jesús, el fruto bendito de su vientre.