Lección No.6 Evangelización y Sacramentalización

“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura”
Marcos 16, 15

Iniciemos nuestro curso con la introducción del Padre Ricardo A. Perdomo: 

 

Introducción

Si leemos el encantador Evangelio de Marcos, nos encontramos como mandato final de Jesucristo con estas palabras: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” Un mandamiento que entraña una grave obligación, porque la salvación la ha condicionado Dios a la fe y al bautismo, ya que sigue diciendo Jesús: “El que crea y se bautice, se salvará; pero el que se resista a creer, se condenará”

Por lo mismo, la Iglesia se encuentra ante un deber ineludible: evangelizar. La predicación del Evangelio, la Fe y el Bautismo están de tal manera entrelazados que no se pueden separar. Sin predicación, no hay fe; sin fe no hay bautismo; sin bautismo no hay salvación.

¿Qué debe hacer entonces la Iglesia, qué debe hacer cada comunidad cristiana, qué debe hacer cada bautizado? Ser instrumentos fieles en la mano de Jesucristo para llevar a todos el misterio de la salvación, continuando la misión que el mismo Jesucristo trajo al mundo recibida del Padre, y para la cual lo llenó el Espíritu Santo: El Espíritu del Señor me ha ungido para anunciar a los pobres la gran noticia: ¡ha llegado la salvación!

La primera beneficiada por el cumplimiento de esta misión será la misma Iglesia, lo será cada comunidad cristiana, lo será cada apóstol. Pues su mismo trabajo y su empeño por evangelizar los irá renovando en la fe que recibieron en el Bautismo.

Cuanto más evangelicen, más se robustecerá su propia fe. Dar la fe con entusiasmo creciente es la mejor manera de agradecer a Dios el don de la fe y el mejor medio para conservar y acrecentar la propia fe.

Ahora, más que mirarnos cada uno en particular y mirar a toda la Iglesia, nos centramos en la comunidad cristiana a la que pertenecemos: la parroquia, la asociación, el movimiento en el cual nos hemos comprometido... En esta pequeña comunidad se centra para cada uno la Iglesia universal, y en esa comunidad desarrolla cada uno de nosotros la labor que le toca como miembro de la Iglesia.

¿Qué vemos, qué observamos alrededor de nuestra propia comunidad?
¿Qué desafíos nos presenta?

Ante todo, nos damos cuenta de que son muchos los que desconocen prácticamente a Jesucristo. ¿Podemos quedarnos indiferentes, y no llevarles el conocimiento del Señor Jesús?

No hay comunidad cristiana, no hay cristiano alguno, que esté libre de la obligación de hacer conocer a Cristo en todo el mundo. ¿Y cuál es la parte del mundo, sino la que está a mí alrededor, la que me toca a mí como campo de mi trabajo, como parcela en la que yo debo sembrar el Evangelio?

Cuando miramos así a la Iglesia como un campo inmenso que abarca todo el mundo, pero dividida en multitud de parcelas que no rompen la unidad, sino que todas se conjuntan en la misma y única Iglesia, entonces entendemos eso de cuidar cada uno de nuestro metro cuadrado, es decir, de esta parte de la Iglesia que me toca a mí, la que está a mi alrededor, y de la cual yo voy a responder. Es entonces cuando se siente la urgencia del apostolado, y nadie tiene el mal gusto de quedarse con los brazos cruzados mientras hay tanto que hacer por Jesucristo y por el Reino de Dios.

Los medios que la Iglesia pone a mi disposición para evangelizar son muy antiguos y resultan siempre nuevos:

La catequesis, por la cual enseño a los demás las verdades de la fe que no conocen. ¿Estudio yo a Cristo y la doctrina de la fe, para poder comunicarlo a los demás que lo necesitan?

La liturgia, el culto de la Iglesia, que con la Palabra, los Sacramentos y los demás signos, es una lección continua de la fe cristiana. ¿Participo activamente y hago participar a los demás en los actos del culto, sabiendo que con ellos evangelizo de una manera muy poderosa?

La oración, con la cual se llega a todas partes y va mucho más allá que nuestra actividad externa. Jesús, contemplando la mucha cosecha que había por delante, fue lo primero que nos encargó: La mies es mucha, rogad al Señor de la mies que mande operarios a su campo.

¿Tomamos la oración en la comunidad como la actividad primera de nuestro apostolado?

El testimonio, es imprescindible. Hoy al mundo lo convencen los testigos, no los maestros. Si los de fuera nos ven consecuentes con nuestra fe, serán arrastrados hacia Jesucristo y su Iglesia.

En medio de nuestras limitaciones, ¿somos católicos convencidos, con vida testimoniante?

Todo esto lo desarrollamos en el ámbito de nuestra comunidad particular parroquia, asociación o movimiento, pero nuestra mirada debe ir mucho más lejos: hemos de vivir el espíritu misionero de la Iglesia de tal modo que no haya obra de la Iglesia universal que no nos afecte, que no nos toque de cerca y que no sienta nuestra colaboración en la medida de nuestras posibilidades. El mandato último de Jesús no puso límites geográficos a nuestro apostolado, pues nos dijo: Id por todo el mundo.., a todas la gente, a todos los pueblos de la tierra.

Este mandato de Jesús a toda la Iglesia, a cada comunidad cristiana, a cada creyente en particular a mí, en concreto es enardecedor y es exigente. Nos entusiasma, porque todos hemos soñado alguna vez en ser misioneros, en ser apóstoles. Y aunque nos pida mucho, ¿medimos nuestra grandeza al tener la misma misión que el Señor: llevar la fe, llevar la salvación al mundo entero?

¿Qué es Evangelizar?

Evangelizar es el servicio que la Iglesia presta al Reino de Dios presente en el mundo

La evangelización encuentra su fundamento y sentido en el mismo proceso de la historia de la salvación que Dios va impulsando en todos los contextos humanos. Por esto, podemos decir que:


a. Evangelizar es servir al Reino de Dios presente y actuante en cada persona y comunidad de esta región capital, tal y como Jesucristo lo hizo y lo ha pedido a su Iglesia. Cuando se piensa y realiza una acción evangelizadora lo primero que se hace es reconocer los signos de la presencia y la acción de Dios en la persona, en la comunidad y en el lugar en el que se va a interactuar. Dios siempre toma la iniciativa y actúa primero en bien de toda la humanidad y la evangelización es el servicio que la Iglesia, como comunidad y con las mediaciones que ha recibido (la Palabra, la liturgia, el ejercicio de la caridad y las experiencias de comunión), presta al Reinado de Dios ya presente en un contexto concreto.

En virtud de esta iniciativa divina se reconoce también que: “El Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación A través de Él, la evangelización penetra en los corazones, ya que Él es quien hace discernir los signos de los tiempos –signos de Dios– que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia” (EN 75)

b. Evangelizar es cumplir la misión para la cual fue creada la Iglesia, es realizar la vocación fundamental que Jesucristo le confió “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (EN 14). Cuando alguien realiza una acción evangelizadora está llevando a cabo la vocación fundamental de la Iglesia, la mayor causa de su alegría. Cuando alguien evangeliza no actúa en nombre propio, sino como miembro de la Iglesia y, por lo mismo, toda acción evangelizadora debe ser hecha en comunión con la diócesis, desde donde existe y se realiza la Iglesia Universal (Cf. LG 23)

Toda acción auténticamente evangelizadora debe estar vinculada y en sintonía con el plan de pastoral de evangelización y mantener los vínculos con quienes, en la Iglesia, son los garantes de la unidad en la comunión eclesial y en la misión evangelizadora: el obispo, los presbíteros y los diáconos. “Cuando la Iglesia evangeliza, se inserta en el corazón del mundo para construir el Reino que viene y que ya está presente” (Pablo VI, EN 59)

c. Evangelizar es salir al encuentro y poner en diálogo el Evangelio con la cultura urbana y rural que caracteriza la región. El Reino de Dios está presente en la vida concreta de las personas, está en la historia que pasa día a día en las calles y casas de nuestra región y va impulsando la historia hacia la plenitud en Jesucristo.

Como en el misterio de la encarnación de Jesucristo, Dios asume las dinámicas propias de la vida de la ciudad –sus luces y sombras- y desde allí se hace presente y actúa por la salvación de todos los seres humanos, particularmente de aquellos que más sufren en la sociedad (DA 514; EG 71). De manera semejante, lo hace en el contexto rural.

Por eso, cualquier acción evangelizadora, para poder cumplir su objetivo, debe ser inculturada, es decir, exige ser pensada y realizada en diálogo con los interlocutores; debe adaptarse a los lenguajes y lógicas propias de la cultura con la cual entra en diálogo para poder servir al Reino de Dios allí presente y, por tanto, debe dejar de suponer que en todos los lugares y ambientes se puede evangelizar de igual manera, aunque los objetivos sean los mismos.

Toda acción que realmente sea evangelizadora, en todas las áreas o campos que se realice, debe ser inculturada y adaptada al contexto de cambio sociocultural y de pluralismo que se vive. Por tanto, debe diversificarse para entrar en diálogo con lo tradicional, lo moderno y posmoderno que nos caracteriza, así como debe tener en cuenta el compromiso que el Evangelio nos exige frente a las desigualdades y los conflictos sociales que afectan profundamente la vida de la sociedad y ante los cuales no se puede ser indiferentes indiferentes (DA 517, 518 y Arquidiócesis de Bogotá (2014), 4-16)

Evangelizar es llevar al encuentro con Jesucristo, para vivir en Él relaciones de comunión y transformar la historia hasta la venida de la plenitud del Reino


“El programa ya existe… Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar y seguir, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste” (S. Juan Pablo II, NMI 29)

La Iglesia evangeliza cuando sirve al Reino de Dios presente en un contexto, desarrollando, en su vida y en todas sus acciones, tres objetivos inseparables que deben estar presentes en todas sus acciones:

a. Evangelizar es llevar al encuentro, amor y seguimiento de Jesucristo. Una acción es evangelizadora cuando crea, de manera explícita o implícita, las condiciones para que las personas vivan un proceso de encuentro con Jesucristo y tomen consciencia de su presencia en la propia vida y de su amor misericordioso, incondicional y salvífico, que reconcilia con el Padre, aparta de los ídolos, sana y hace partícipe de su vida divina. Toda acción evangelizadora pone los medios para que se afiance un proceso de conversión hacia Jesucristo como Salvador y Señor, un proceso de amistad y comunión con Él que haga entender y vivir la vida como un permanente seguimiento del Señor, siendo en todo un discípulo que acompaña, aprende y camina detrás del Maestro, asumiendo su misma suerte, su misión al servicio del Reino de la Vida.

b. Evangelizar es generar, desde la fe en Jesucristo, relaciones de comunión Una acción evangelizadora es auténtica cuando lleva a los interlocutores a vivir y a cultivar relaciones de comunión entre sí y con los otros, con los cercanos, con los lejanos, con los extraños, con la sociedad, con la creación. Toda auténtica acción evangelizadora comunica el don de la comunión compartida por Dios Trinidad, hace posible que nos tratemos con respeto y fraternidad con sentido de pertenencia y con actitudes de cuidado de unos para con otros.

Toda acción evangelizadora conduce, por tanto, en diversos grados, a la celebración de la Eucaristía, sacramento de comunión, principio y proyecto de la misión.

Cuando se evangeliza se reconoce que la comunidad eclesial en su conjunto –como Iglesia Particular, animada y movida por el Espíritu Santo, organismo vivo y Cuerpo de Cristo-, es el sujeto protagonista de la acción evangelizadora. Y esa corresponsabilidad se vive desde la participación de todos, por el ejercicio y complementariedad de los distintos dones, carismas y ministerios que el mismo Espíritu concede a cada miembro de la Iglesia.

Toda acción evangelizadora cultiva la corresponsabilidad que tenemos en la búsqueda del bien común y en el cuidado de la creación.

c. Evangelizar es llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro y renovar a la misma humanidad Toda acción evangelizadora debe conducir a los creyentes a asumir su compromiso con la transformación de la sociedad, de acuerdo con los valores del Evangelio, buscando construir una civilización del amor. En la base de toda acción evangelizadora hay una intencionalidad transformadora de las personas y del mundo, para buscar que se cambie todo aquello que no es conforme con los proyectos de Dios, todo aquello que deshumaniza nuestra ciudad región y que se desarrolle toda la vida y la liberación que el Evangelio es capaz de comunicar a todos los espacios sociales y culturales (EN 25-39)

Toda acción evangelizadora debe desarrollar su dimensión social, puesto que el amor de Dios genera amor al hermano y deseo de vida digna para todos. Como dice el Papa Francisco:

“Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política, la Iglesia no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia” (EG 183).

Además, cada acción evangelizadora debe realizarse como un diálogo, una interacción entre el Evangelio, las culturas y la Iglesia, cuya finalidad es la transformación, la purificación y la elevación de dichas culturas en todo lo que se refiere a la dignidad humana y cuyo gestor y mediador es la comunidad eclesial, quien actúa como sacramento de salvación.

Etapas de la Evangelización

La Iglesia tiene la “plenitud de los medios de salvación”, pero teniendo en cuenta la situación de cada persona procede de manera gradual (AG 6b). El decreto AG trata con precisión el proceso de evangelización: la presencia testimonial y dialogante (nn. 11-12), el primer anuncio, la llamada a la conversión y la propuesta cristiana (n. 13), el catecumenado de la iniciación cristiana (n. 14) y la participación en la comunidad ministerial y sacramental (nn. 15-18).

De esta manera se inicia la Iglesia en un sitio concreto y se ayuda a crecer y a madurar a las comunidades cristianas. El proceso evangelizador, por consiguiente, está estructurado en etapas o “momentos esenciales”:

• La acción misionera para los no creyentes y para los que viven en la indiferencia religiosa.
• La acción catequético-iniciatoria para los que optan por el Evangelio y para los que necesitan completar o reestructurar su iniciación.
• La acción pastoral para los fieles cristianos ya maduros en el seno de la comunidad cristiana. Estos momentos, sin embargo, no son etapas cerradas: se reiteran siempre que sean necesarios, ya que tratan de dar el alimento evangélico más adecuado al crecimiento espiritual de cada persona o de la misma comunidad D.G.C. 49.

La acción misionera tiene que ver con las preguntas referentes al sentido de la vida, la experiencia de las limitaciones y contradicciones de la condición humana, la ubicación de la pregunta religiosa y la conversión inicial; cuando la persona y el grupo tienen estas inquietudes la propuesta de Jesús y del discipulado es mejor comprendida y aceptada.

La etapa catecumenal tiene un carácter de fundamentación y sistematización; para ello inicia al catecúmeno en la historia de salvación, en los valores evangélicos, en la celebración cristiana y en la vida de la caridad. El objetivo de esta etapa es la conversión radical a Jesucristo como sentido de la vida. "Este ’sí’ a Jesucristo, plenitud de la Revelación del Padre, encierra en sí una doble dimensión: la entrega confiada a Dios y el asentimiento cordial a todo lo que El nos ha revelado. Este sí es posible por la acción del Espíritu Santo" (D.G.C. 54).

La etapa pastoral educa de manera permanente en la fe y en la comunión paterna; esta etapa ayuda. a madurar la síntesis fe-vida en la comunidad cristiana por el cultivo de la espiritualidad y la maduración del compromiso vocacional desde la vida teologal. "El bautizado, impulsado siempre por el Espíritu, alimentado por los sacramentos, la oración y el ejercicio de la caridad, y ayudado por las múltiples formas de educación permanente de la fe, busca hacer suyo el deseo de Cristo: “Vosotros sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt. 5,48). Es la llamada a la plenitud que se dirige a todo bautizado" (D.G.C. 56,d).

Contenido de la Evangelización

“Padre, ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a su enviado Jesucristo” (Jn. 17, 3). La evangelización busca el encuentro personal con Él y la adhesión confiada al Dios revelado en Jesucristo; este sí a Jesucristo tiene un contenido propio y específico que afecta a todos los aspectos importantes de la vida. Las dos dimensiones son necesarias, están relacionados y debe ser explícitamente educados. La evangelización explicita al amor gratuito y universal de Dios auto comunicado en la persona de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo. Es evangelizado aquel que reconoce en sí mismo y en todo lo que existe la acción creadora de Dios que nos ha creado a "su imagen y semejanza" y nos ha llamado a una vida que no tiene fin; este Dios creador es Padre que nos ha hecho a todos hermanos, es decir iguales y servidores de los otros.

“La presentación del ser íntimo de Dios revelado por Jesús, uno en esencia y trino en personas, mostrará las implicaciones vitales para la vida de los seres humanos, confesar a un Dios único significa que "el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal” (CEC 450). Significa también que la humanidad, creada a imagen de Dios que es “comunión de personas”, está llamada a ser una sociedad fraterna, compuesta por hijos de un mismo Padre, iguales en dignidad personal. Las implicaciones humanas y sociales de la concepción cristiana de Dios son inmensas. La Iglesia, al profesar su fe en la trinidad y anunciarla al mundo, se comprende a sí misma como “una muchedumbre reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (D.G.C. 100). Lo nuclear del mensaje evangelizador es la salvación en Jesucristo; este don del Padre nos libera del pecado y nos lleva a participar de la misma vida divina pues nos hace “hijos en el Hijo”. Jesús nos hace presente la cercanía absoluta de Dios, su misericordia entrañable, nos da la filiación divina y nos promete la vida que no tiene fin. Todo esto comienza aquí y ahora, pero tendrá su plenitud en el reino de los cielos, pues la humanidad camina hacia la casa del Padre.

“La evangelización no puede menos de incluir el anuncio profético de un más allá, vocación profunda y definitiva del hombre, la continuidad y discontinuidad a la vez con la situación presente” (EN 28).

El contenido de la evangelización nos dice Pablo VI en EN debe afectar a la existencia entera (personal, relacional y estructural) y ser un mensaje de liberación para millones de personas y pueblos enteros que apenas subsiste en situaciones infrahumanas. En consecuencia, la conexión entre evangelización y promoción humana tiene lazos antropológicos, teológicos y de caridad (cf. EN 31).

La concepción de persona que conlleva el anuncio del Reino habla del “hombre entero” (incluida la dimensión trascendental) y tiene una finalidad religiosa: el encuentro con el Dios del reino y su justicia. La evangelización no será auténticamente liberadora Si olvida o descuida presentar la salvación en Jesucristo "No es suficiente instaurar la liberación, crear el bienestar y el desarrollo para que llegue el reino de Dios" (EN 35).

Desde la óptica cristiana, los aspectos temporales de la liberación deben hacerse desde motivaciones de fe y de caridad, sin prescindir de la dimensión espiritual y en el horizonte de la salvación (cf. EN 38).

La evangelización debe tener en cuenta las circunstancias culturales, históricas y sociales; la encarnación de Jesucristo en unas condiciones concretas es la referencia obligada de la acción evangelizadora de la Iglesia, “llamada a llevar la fuerza del Evangelio al corazón de la cultura y de las culturas” (C.T. 53). No es algo superficial sino el intento de que el Evangelio llegue a lo más profundo de las personas y de las culturas; esto no es posible si al mismo tiempo no se asumen todos los valores que ya existen en las diferentes civilizaciones. Con el discernimiento apropiado hay que incorporar “el lenguaje, los símbolos y los valores de la cultura en que están enraizados los catecúmenos y catequizandos” (D.G.C. 110).

El mensaje cristiano debe ser presentado en toda su integridad y autenticidad, pero de manera gradual y adaptada, como lo vemos en la pedagogía de Dios. “En la primera evangelización, propia del precatecumenado o de la precatequesis, el anuncio del Evangelio se hará siempre en íntima conexión con la naturaleza humana y sus aspiraciones, mostrando cómo satisface plenamente al corazón humano” (D.G.C. 11; cf CT 29).

Esta referencia a la experiencia a los anhelos del corazón humano y a la aspiración a la libertad y felicidad que el ser humano busca sobre todas las cosas, se tendrá presente en todas las etapas del proceso evangelizador. “se puede partir de Dios para llegar a Cristo, y al contrario; igualmente se puede partir del hombre para llegar a Dios, y al contrario. La adopción de un orden determinado en la presentación del mensaje debe condicionarse a las circunstancias y a la situación de fe del que recibe la catequesis” (D.G.C. 118).

Sacramentalización

En sus celebraciones litúrgicas y paralitúrgicas, la iglesia del señor Jesús siempre cuida de que adecuada evangelización prepare a los fieles y los disponga a una digna fructuosa recepción de los santos sacramentos; es decir, es necesario que una oportuna catequesis general y sacramental lleve al cristiano a recibir piadosa, consciente y fructuosamente –y no pasiva ni rutinariamente- los sacramentos de la fe.

Al proceder de esta manera, la Iglesia del Señor Jesús no hace otra cosa que poner por obra el solemne mandato que cristo resucitado, antes de su gloriosa ascensión al cielo, dejo recomendado a sus apóstoles: “vayan, pues, por todo el mundo, y enseñen a todas las naciones; y bautícenlas en el nombre de del Padre, y del Hijo y del Espíritu santo” (Mt 28, 19). Nótense las palabras claves de esta pericopa bíblica: “enseñen”, lo que equivale a la evangelización, el kerigma general, el anuncio de la fe; “bauticen”, que corresponde a la sacramentalización, es la recepción del sacramento como plenitud de la evangelización.

Esta vinculación entre evangelización y sacramentalización se halla enfatizada por el propio concilio Ecuménico Vaticano II, en su primer documento oficial Sacrosanctum concilium sobre la sagrada liturgia: “los sacramentos tienen por finalidad santificar a los seres humanos, edificar el cuerpo de cristo; y, finalmente, rendir culto a Dios. Sin embrago, a título de signos ellos tienen asimismo un papel de enseñanza y de catequesis. No solamente suponen la fe, sino que también, por las palabras y por las cosas, ellos se alimentan, fortalecen y expresan; por tal razón, se les llama sacramentos de la fe” (SC 59). Sin un sólido apoyo de la catequesis global y sacramental, los fieles podrán pasar a recibir los santos sacramentos de una manera rutinaria, como por simple costumbre, sin aprovechar entonces debidamente su eficacia transformadora y santificadora.

“En primer lugar viene el anuncio del Evangelio, la presentación de la buena noticia cristiana; después, vendrán los sacramentos”, dice el Directorio de los sacramentos –Eucaristía (p. 79).

Todavía en relación especifica con el sacramento de la eucaristía, he aquí otra enfática recomendación: “De ahora en adelante, la distribución de la comunión debe insertarse dentro de una celebración de la palabra de Dios…, de tal modo, que nunca se reciba el pan eucarístico sin antes haber probado el pan de la palabra” (la sagrada comunión y el culto del misterio eucarístico fuera de la misa. Presentación, p. 9).

En la santa misa –el culto litúrgico por excelencia de alabanza, adoración y suplica a Dios- la Iglesia del señor Jesús ofrece a los fieles a evangelización y la sacramentalización, es decir, el Evangelio de la palabra de Dios y el sacramento del cuerpo del Señor. “Las dos partes que constituyen, de alguna forma, la misa –es decir, la liturgia de la palabra y la liturgia de la eucaristía- es tan íntimamente ligadas entre sí que forman un solo acto de culto. Nadie debe acercarse a la mesa del pan del Señor sin antes haber estado presente en la mesa de su palabra” (Instrucción inestimabile donum, sobre algunas normas relativas al culto de la santísima eucaristía,).

De todas estas orientaciones y recomendaciones de la Iglesia del señor Jesús y del concilio Ecuménico Vaticano II, se llega fácilmente a la siguiente conclusión: la evangelización, asea, la catequesis global y la catequesis sacramental, debe siempre proceder a la sacramentalización, preparando a los fieles y disponiéndolos para una digna y fructuosa recepción de los sacramentos de la Iglesia de Dios.

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Lección No.6

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