Lección No.5 Eucaristía Sacramento de Amor

“Yo soy el Pan de vida. El que viene en mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed”

Juan 6, 35

  

Catequesis del Papa.
El sacramento de la Eucaristía.
5 febrero 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy os hablaré de la Eucaristía. La Eucaristía se sitúa en el corazón de la «iniciación cristiana», juntamente con el Bautismo y la Confirmación, y constituye la fuente de la vida misma de la Iglesia. De este sacramento del amor, en efecto, brota todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio.

Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la misa, nos hace ya intuir lo que estamos por vivir. En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa, cubierta por un mantel, y esto nos hace pensar en un banquete. Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre ese altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo los signos del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el que se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí se reúnen para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras, y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra.

Palabra y pan en la misa se convierten en una sola cosa, como en la Última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que realizó, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipo del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo... Tomad, bebed, ésta es mi sangre».

El gesto de Jesús realizado en la Última Cena es la gran acción de gracias al Padre por su amor, por su misericordia. «Acción de gracias» en griego se dice «eucaristía». Y por ello el sacramento se llama Eucaristía: es la suprema acción de gracias al Padre, que nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo ese gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntamente, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Por lo tanto, la celebración eucarística es mucho más que un simple banquete: es precisamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. «Memorial» no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente, cuando nos acercamos a este sacramento, decimos «recibir la Comunión», «comulgar»: esto significa que en el poder del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma de modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celestial, donde con todos los santos tendremos la alegría de contemplar a Dios cara a cara.

Queridos amigos, no agradeceremos nunca bastante al Señor por el don que nos ha hecho con la Eucaristía. Es un don tan grande y, por ello, es tan importante ir a misa el domingo. Ir a misa no sólo para rezar, sino para recibir la Comunión, este pan que es el cuerpo de Jesucristo que nos salva, nos perdona, nos une al Padre. ¡Es hermoso hacer esto! Y todos los domingos vamos a misa, porque es precisamente el día de la resurrección del Señor. Por ello el domingo es tan importante para nosotros. Y con la Eucaristía sentimos precisamente esta pertenencia a la Iglesia, al Pueblo de Dios, al Cuerpo de Dios, a Jesucristo. No acabaremos nunca de entender todo su valor y riqueza. Pidámosle, entonces, que este sacramento siga manteniendo viva su presencia en la Iglesia y que plasme nuestras comunidades en la caridad y en la comunión, según el corazón del Padre. Y esto se hace durante toda la vida, pero se comienza a hacerlo el día de la primera Comunión. Es importante que los niños se preparen bien para la primera Comunión y que cada niño la reciba, porque es el primer paso de esta pertenencia fuerte a Jesucristo, después del Bautismo y la Confirmación.

La Eucaristía: Sacramento de Amor
La Eucaristía es sacramento de amor en cuanto que es un sacrificio hecho por amor dado a todos como alimento para la vida eterna


La Eucaristía es el principio de una nueva humanidad y del mundo renovado, cuya plena manifestación tendrá lugar al final de la historia. Sin embargo, ya desde ahora, crece como semilla y levadura del Reino de Dios.

Jesucristo: altar, victima y sacerdote

Viendo Jesús que le quedaban pocas horas, menos de un día, se apresuró a hacer su testamento, que comienza con aquellas palabras de Juan: “Como hubiese amado a os suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (c. Jn 13,1). En menos de un día iba a darnos la Eucaristía y el Sacerdocio, su Madre, su vida y su preciosa sangre.

Cristo quiso amarnos como Él sólo puede hacerlo, a lo divino, con toda su potencia, con toda su grandeza, olvidando que íbamos a ser ingratos, infieles, cobardes y aún traidores.

Nos dio todo. Es importante reflexionar en esto a la hora de decir: ¿qué le voy a dar yo a Jesucristo? Se trata de dar a Dios, a un Dios que a mí antes me ha dado todo.

En la nueva y eterna alianza Dios, al hacerse hombre, tomó un cuerpo pasible y mortal, y como hombre pudo sufrir y como Dios pudo dar a sus sufrimientos un valor infinito, capaz de satisfacer o pagar generosamente toda deuda adquirida por el pecado del ser humano.

Y Jesús, al ser verdadero Dios y verdadero hombre, es capaz de reconciliar definitivamente el hombre con Dios al ofrecer un sacrificio, por esto Él es sumo y eterno sacerdote. Pero Jesucristo, además de ser sacerdote también es la víctima y es el altar (Misal Romano, Prefacio pascual V).

Jesús es el sacerdote “porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre ls pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”, dice Isaías del siervo doliente (Is 53, 12).

Jesús es la víctima porque Él, como único sacerdte de la nueva alianza, se ofreció (1 Tm 2, 6) a sí mismo como víctima; y no como cualquier víctima sino como una víctima verdaderamente propiciatoria y necesaria, la que paga el precio justo en reparación del gran pecado cometido.

La víctima en este caso no es puesta por un hombre ni es un animal, la víctima la pone Dios, y es Él mismo. Así, se convierte justamente en este “siervo doliente” que acepta, libre y voluntariamente, por amor, la misión de ser la víctima capaz de pagar el alto precio por nuestra infidelidad.

 

Jesús es el altar. Teniendo ya el sacerdote y la Víctima haría falta ahora el Altar, siempre necesario para llevar a cabo el Sacrificio. El altar evoca pues la mesa sobre la cual Jesús anticipó su sacrificio que realizaría ofreciéndose en el altar de la cruz.

De esta manera hay una relación directa e intrínseca entre mesa (altar) y cruz y, sobre los cuales está la víctima; conformando una unidad o una fusión entre Jesús y la cruz, entre Jesús y el altar. Por esto la cena del Señor o la misa (prolongada o actualizada en el tiempo por deseo expreso de Jesús (Lc 22, 19; 1 Co11, 24 y 25), es la anticipación incruenta de su sacrificio cruento en la cruz. Jesús dijo a sus apóstoles:“Tomad y comed: ESTO ES MI CUERPO, que será entregado por vosotros… ESTA ES MI SANGRE que será derramada por nosotros” (Lc 22, 19/ Mt 26, 28).

Cristo es el altar porque con Él y en Él se apoya y se realiza el sacrificio redentor. Fue tan perfecto el Sacrificio de Jesús que no puede pensarse en otro más grande, posible y completo.

Y además en el altar no está representada sólo la divina persona de Jesús, sino también su acción a favor de los hombres. Por eso, en la piedra del altar se graban y se ungen cinco cruces que representan las llagas de la crucifixión.

Con la inmolación de su cuerpo en la cruz, dio pleno cumplimiento a lo que anunciaban los sacrificios de la antigua alianza, y ofreciéndose a sí mismo por nuestra salvación, quiso ser al mismo tiempo, como ya se ha dicho antes, sacerdote, altar y víctima.

En la Nueva Ley, el altar es la mesa en que se ofrece el Sacrificio Eucarístico. “El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos sacramentales, es también la mesa del Señor” (IGMR, 296).

“Es Cristo mismo, sumo y eterno sacerdote de la Nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico. Y es también el mismo Cristo, realmente presente bajo las especies del pan y del vino, la ofrenda del sacrificio eucarístico” (Catecismo, 1410).

“El altar, en torno al cual la Iglesia se reúne en la celebración de la Eucaristía, representa los dos aspectos de un mismo misterio: el altar del sacrificio y la mesa del Señor, y esto, tanto más cuanto que el altar cristiano es el símbolo de Cristo mismo, presente en medio de la asamblea de sus fieles, a la vez como la víctima ofrecida por nuestra reconciliación y como alimento celestial que se nos da.

“¿Qué es, en efecto, el altar de Cristo sino la imagen del Cuerpo de Cristo?”, dice san Ambrosio (San Ambrosio, De sacramentis 5,7: PL 16, 447), y en otro lugar: “El altar representa el Cuerpo (de Cristo), y el Cuerpo de Cristo está sobre el altar” (De sacramentis 4,7: PL 16, 437). La liturgia expresa esta unidad del sacrificio y de la comunión en numerosas oraciones”(Catecismo, 1383).

En el sacrificio de la misa el pan y el vino son eucaristizados, transubstanciados, para convertirse en nuestro alimento espiritual. Y, por cuanto el sacrificio de la misa se destina primordialmente a la glorificación de Dios, el sacramento de la eucaristía mira directamente a la santificación de las almas.

Después de la santa misa, el pan eucaristizado se conserva en los sagrarios de nuestras iglesias y capillas; allí es adorado, con el culto de latría (adoración), y se destina a prolongar entre los fieles las gracias del santo sacrificio de la misa.

La Comunión: Dios nos ama tanto que se nos da como alimento

La comunión eucarística hace parte integrante del santo sacrificio de la misa; por eso, es imprescindible que el celebrante, repitiendo las palabras y los gestos de Jesucristo en la última cena, consagre y transubstancie el pan y el vino, comulgándolos en seguida; como también es recomendable que todos los fieles que participan en la santa misa, que es un banquete eucarístico, reciban también la sagrada comunión nuevo mana (Dt 8, 3), manjar divino, “pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 51)

La persona divina de Jesucristo, Verbo encarnado, glorioso en el cielo, no puede ser dividida: donde está su cuerpo también está su sangre, y viceversa; bajo la especie de pan como la especie del vino, están el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de nuestro señor Jesucristo; por eso no es siempre necesario recibir las dos especies, pan y vino, porque Jesús esta íntegramente presente y se multiplica, entero como esta en el cielo, en cada hostia consagrada, en cada gota de vino eucaristizado en todos los altares y sagrarios del mundo.

INSTRUCCIÓN
REDEMPTIONIS SACRAMENTUM
CAPÍTULO IV
LA SAGRADA COMUNIÓN
1. LAS DISPOSICIONES PARA RECIBIR LA SAGRADA COMUNIÓN

[80.] La Eucaristía sea propuesta a los fieles, también, «como antídoto por el que somos liberados de las culpas cotidianas y preservados de los pecados mortales»,[160] como se muestra claramente en diversas partes de la Misa. Por lo que se refiere al acto penitencial, situado al comienzo de la Misa, este tiene la finalidad de disponer a todos para que celebren adecuadamente los sagrados misterios,[161] aunque «carece de la eficacia del sacramento de la Penitencia»,[162] y no se puede pensar que sustituye, para el perdón de los pecados graves, lo que corresponde al sacramento de la Penitencia. Los pastores de almas cuiden diligentemente la catequesis, para que la doctrina cristiana sobre esta materia se transmita a los fieles.

[81.] La costumbre de la Iglesia manifiesta que es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad,[163] para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.[164]

[82.] Además, «la Iglesia ha dado normas que se orientan a favorecer la participación frecuente y fructuosa de los fieles en la Mesa eucarística y, al mismo tiempo, a determinar las condiciones objetivas en las que no debe administrarse la comunión».[165]
[83.] Ciertamente, lo mejor es que todos aquellos que participan en la celebración de la santa Misa y tiene las debidas condiciones, reciban en ella la sagrada Comunión. Sin embargo, alguna vez sucede que los fieles se acercan en grupo e indiscriminadamente a la mesa sagrada. Es tarea de los pastores corregir con prudencia y firmeza tal abuso.

[84.] Además, donde se celebre la Misa para una gran multitud o, por ejemplo, en las grandes ciudades, debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos, sin tener en cuenta el Magisterio de la Iglesia en lo que se refiere a la doctrina y la disciplina. Corresponde a los Pastores advertir en el momento oportuno a los presentes sobre la verdad y disciplina que se debe observar estrictamente.

[85.] Los ministros católicos administran lícitamente los sacramentos, sólo a los fieles católicos, los cuales, igualmente, los reciben lícitamente sólo de ministros católicos, salvo lo que se prescribe en los canon 844 §§ 2, 3 y 4, y en el canon 861 § 2.[166] Además, las condiciones establecidas por el canon 844 § 4, de las que nada se puede derogar,[167] son inseparables entre sí; por lo que es necesario que siempre sean exigidas simultáneamente.

[86.] Los fieles deben ser guiados con insistencia hacia la costumbre de participar en el sacramento de la penitencia, fuera de la celebración de la Misa, especialmente en horas establecidas, para que así se pueda administrar con tranquilidad, sea para ellos de verdadera utilidad y no se impida una participación activa en la Misa. Los que frecuente o diariamente suelen comulgar, sean instruidos para que se acerquen al sacramento de la penitencia cada cierto tiempo, según la disposición de cada uno.[168]

[87.] La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental.[169] Además, la primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y, ciertamente, nunca fuera de la celebración de la Misa. Salvo casos excepcionales, es poco adecuado que se administre el Jueves Santo, «in Cena Domini». Es mejor escoger otro día, como los domingos II-VI de Pascua, la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo o los domingos del Tiempo Ordinario, puesto que el domingo es justamente considerado como el día de la Eucaristía.[170] No se acerquen a recibir la sagrada Eucaristía «los niños que aún no han llegado al uso de razón o los que» el párroco «no juzgue suficientemente dispuestos».[171] Sin embargo, cuando suceda que un niño, de modo excepcional con respecto a los de su edad, sea considerado maduro para recibir el sacramento, no se le debe negar la primera Comunión, siempre que esté suficientemente instruido.

2. LA DISTRIBUCIÓN DE LA SAGRADA COMUNIÓN.

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante.[172] Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.[173]

[89.] Para que también «por los signos, aparezca mejor que la Comunión es participación en el Sacrificio que se está celebrando»,[174] es deseable que los fieles puedan recibirla con hostias consagradas en la misma Misa.[175]

[90.] «Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos», con la confirmación de la Sede Apostólica. «Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, que deben establecer las mismas normas».[176]

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos».[177] Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohiba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca,[178] si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.[179]

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.[180]

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano».[181] En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[95.] El fiel laico «que ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe el c. 921 § 2».[182]

[96.] Se reprueba la costumbre, que es contraria a las prescripciones de los libros litúrgicos, de que sean distribuidas a manera de Comunión, durante la Misa o antes de ella, ya sean hostias no consagradas ya sean otros comestibles o no comestibles. Puesto que estas costumbres de ningún modo concuerdan con la tradición del Rito romano y llevan consigo el peligro de inducir a confusión a los fieles, respecto a la doctrina eucarística de la Iglesia. Donde en algunos lugares exista, por concesión, la costumbre particular de bendecir y distribuir pan, después de la Misa, téngase gran cuidado de que se dé una adecuada catequesis sobre este acto. No se introduzcan otras costumbres similares, ni sean utilizadas para esto, nunca, hostias no consagradas.

3. LA COMUNIÓN DE LOS SACERDOTES

[97.] Cada vez que celebra la santa Misa, el sacerdote debe comulgar en el altar, cuando lo determina el Misal, pero antes de que proceda a la distribución de la Comunión, lo hacen los concelebrantes. Nunca espere para comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes, hasta que termine la comunión del pueblo.[183]

[98.] La Comunión de los sacerdotes concelebrantes se realice según las normas prescritas en los libros litúrgicos, utilizando siempre hostias consagradas en esa misma Misa[184] y recibiendo todos los concelebrantes, siempre, la Comunión bajo las dos especies. Nótese que si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes la hostia sagrada o el cáliz, no dice nada, es decir, en ningún caso pronuncia las palabras «el Cuerpo de Cristo» o «la Sangre de Cristo».

[99.] La Comunión bajo las dos especies está siempre permitida «a los sacerdotes que no pueden celebrar o concelebrar en la acción sagrada».[185]

4. LA COMUNIÓN BAJO LAS DOS ESPECIES

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.[186]

[101.] Para administrar a los fieles laicos la sagrada Comunión bajo las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos. Se debe excluir totalmente cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación de las sagradas especies.[187] Para una mayor coordinación, es necesario que la Conferencia de Obispos publique normas, con la aprobación de la Sede Apostólica, por medio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, especialmente lo que se refiere «al modo de distribuir a los fieles la sagrada Comunión bajo las dos especies y a la extensión de la facultad».[188]

[102.] No se administre la Comunión con el cáliz a los fieles laicos donde sea tan grande el número de los que van a comulgar[189] que resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista el peligro de que «sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»;[190] tampoco donde el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad, o donde sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil poder conocer su calidad y su proveniencia, o cuando no esté disponible un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada, o donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz, por diversas y persistentes causas, disminuyendo así, en cierto modo, el signo de unidad.

[103.] Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción, o con una pajilla, o una cucharilla».[191]Por lo que se refiere a la administración de la Comunión a los fieles laicos, los Obispos pueden excluir, en los lugares donde no sea costumbre, la Comunión con pajilla o con cucharilla, permaneciendo siempre, no obstante, la opción de distribuir la Comunión por intinción. Pero si se emplea esta forma, utilícense hostias que no sean ni demasiado delgadas ni demasiado pequeñas, y el comulgante reciba del sacerdote el sacramento, solamente en la boca.[192]

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[105.] Si no es suficiente un cáliz, para la distribución de la Comunión bajo las dos especies a los sacerdotes concelebrantes o a los fieles, nada impide que el sacerdote celebrante utilice varios cálices.[193] Recuérdese, no obstante, que todos los sacerdotes que celebran la santa Misa tienen que realizar la Comunión bajo las dos especies. Empléese laudablemente, por razón del signo, un cáliz principal más grande, junto con otros cálices más pequeños.

[106.] Sin embargo, se debe evitar completamente, después de la consagración, echar la Sangre de Cristo de un cáliz a otro, para excluir cualquier cosa de pueda resultar un agravio de tan gran misterio. Para contener la Sangre del Señor nunca se utilicen frascos, vasijas u otros recipientes que no respondan plenamente a las normas establecidas.

[107.] Según la normativa establecida en los cánones, «quien arroja por tierra las especies consagradas, o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión lataesententiae reservada a la Sede Apostólica; el clérigo puede ser castigado además con otra pena, sin excluir la expulsión del estado clerical».[194] En este caso se debe considerar incluida cualquier acción, voluntaria y grave, de desprecio a las sagradas especies. De donde si alguno actúa contra las normas arriba indicadas, por ejemplo, arrojando las sagradas especies en el lavabo de la sacristía, o en un lugar indigno, o por el suelo, incurre en las penas establecidas.[195] Además, recuerden todos que al terminar la distribución de la sagrada Comunión, dentro de la celebración de la Misa, hay que observar lo que prescribe el Misal Romano, y sobre todo que el sacerdote o, según las normas, otro ministro, de inmediato debe sumir en el altar, íntegramente, el vino consagrado que quizá haya quedado; las hostias consagradas que han sobrado, o las consume el sacerdote en el altar o las lleva al lugar destinado para la reserva de la Eucaristía.[196]

A partir del documento anterior compartimos algunas preguntas que nos pueden ayudar a entender lo anterior:

¿De pie o de rodillas?
“Las dos formas son válidas, como usted prefiera, ya sea de pie o de rodillas. Antes del Concilio Vaticano II solo se comulgaba de rodillas”, pero después de la reforma litúrgica, explicó, ambas formas son válidas.
En el numeral 91 de la Redemptionis Sacramentum, se expresa que “no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, solo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie”.

¿Recibir la Comunión en la boca o en la mano?
El numeral 92 del documento vaticano, asegura que “aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia”.

“Sin embargo –continúa la instrucción–, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano”.

Muchas personas se preguntan si pueden “masticar” la Eucaristía, “no hay ningún problema” con esto o “puede esperar incluso que se disuelva”.

“¿Puedo ir al Santísimo después de recibir la Comunión o me voy a la banca o me quedo en el altar? De preferencia váyase al lugar donde estaba sentado y ahí, de rodillas o sentado dele gracias a Dios, porque le ha dado la oportunidad de comulgar. No es necesario ir al Santísimo en el sentido de que usted mismo es un Sagrario viviente en ese momento. Ahí en su cuerpo lleva el Cuerpo de Cristo”.

¿Puedo comulgar más de una vez durante el día?
El numeral 95 de la instrucción Redemptionis Sacramentum, determina que “el fiel laico que ya ha recibido la santísima Eucaristía, puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe”.

La Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Jesús, “es el regalo más precioso que nosotros tenemos”, por lo que debemos “hacerlo de la mejor manera”.

10 cosas que recordar al recibir la Comunión:

Una recepción respetuosa del Cuerpo de Cristo es mucho más que el simple conflicto protocolario entre arrodillarse y quedarse de pie u ofrecer la lengua o la mano. Somos testigos muchas veces de la forma respetuosa e irrespetuosa como se recibe al Señor. La actitud es muy importante y la catequesis también hace mucho.

Pero hagas lo que hagas, que no sea esto:

1. No extiendas la mano si no quieres recibir en la mano. Hace poco, un chico que venía a recibir la comunión casi se me cae de bruces tratando de inclinarse para recibir la hostia en su boca antes de que llegara a su mano. Tuve que sostenerle. “Decídete, ¿qué quieres hacer?”, le pregunté. Sonrió avergonzado y extendió la mano. “Lo siento”, musitó.

2. Si recibes en la mano, nada de guantes.

3. Si recibes en la lengua, nada de bocados. Por favor.

4. Ni caramelos ni chicles en misa.

5. Recuerda: estás recibiendo la comunión, no yendo a cogerla. No alces el brazo para agarrar la hostia.

Lo que sí debes hacer:

6. Mientras esperes en la fila, reflexiona sobre lo que estás haciendo y por qué. Piensa en a quién estás a punto de recibir.

7. Si sientes sobrecogimiento, no lo reprimas. No es para menos, la comunión es algo extraordinario.

8. Consume el Cuerpo de Cristo en ese instante. No lo agarres y te marches.

9. Ábrete a experimentar el cambio y a crecer en gracia. En no pocos casos se puede aplicar el dicho “nos convertimos en lo que recibimos”. Este es uno de esos casos, piénsalo (una vez más, esto es algo extraordinario).

10. Nunca lo olvides: hubo personas que murieron para que pudiéramos estar haciendo esto. Hay otras por todo el mundo que mueren por estar haciéndolo. Otras muchas ansían poder hacerlo y, por una serie de razones, no pueden.

Esto no es una exageración: lo que recibimos es un milagro y un don. Jamás de los jamases debemos tomarlo a la ligera.

Después de todo, la palabra eucaristía significa “acción de gracias”. Así que da gracias y alaba la gloria de Aquel que hizo posible este aleccionador don de gracia.

Por último, al margen de cómo lo hagas, recibe lo que se te ofrece con asombro, amor y gozo. En el momento de recibir la comunión, damos la bienvenida a Cristo en nuestro mundo, al igual que hicieron María, los pastores y los reyes magos.

Esos sentimientos que abrigaron aquel establo en Belén, tantos siglos atrás, son los mismos sentimientos que deben iluminar nuestros corazones cada vez que damos la bienvenida a Cristo en nosotros, aquí y ahora.

Toda misa es Calvario. Pero cada recepción de la Eucaristía es, en cierto sentido, Belén: la “casa del pan”, el lugar donde Dios entra en nuestras vidas, nuestra historia, nuestros corazones, nuestros cuerpos. Estos son los sentimientos que debemos abrigar cuando nos inclinamos a recibir la Comunión.
Al igual que Dios vino por primera vez al mundo y habitó entre nosotros como un niño, vuelve ahora a nosotros, en la forma de una frágil y humilde pieza de pan.

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