Lección No.3: Los Sacramentos de la Iglesia.

 

 

“los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”
San Juan 4, 23

INTRODUCCIÓN

Querido hermano:

Con gran alegría presentamos este tercer tema de formación en el cual vamos a hacer una pequeña introducción al tema de los sacramentos.

Tiene en sus manos este módulo sobre los sacramentos en general donde se desarrollan tres temas:

• Unos preliminares, en los que se explican algunos términos necesarios para comprender como tal esta realidad tan grande y excelsa que son los sacramentos.
• En un segundo momento nos dedicaremos a definir lo qué son los sacramentos
• Y finalmente, tendremos un tercer capítulo en el que definiremos algunos aspectos fundamentales sobre cada uno de los sacramentos: ¿por qué son importantes? ¿en qué consiste su eficacia y su licitud? Entre otros temas que nos ayudaran a entender mejor la realidad de los sacramentos

No perdamos de vista lo que nos ha dicho el magisterio: lo sacramentos son esos lugares donde nos encontramos con Cristo (EIA No.12)

 

Vamos ahora recibir la introducción al tema que nos hace el P. Ricardo A. Perdomo, director del curso:

TEMA 1
Aclarando Términos

ACLARANDO ALGUNOS TERMINOS 

1. El Signo:

es toda cosa o elemento que me comunica algo. Dicho con otras palabras, signo es un medio de conocer "indirectamente", una realidad que, al ser vista, nos lleva a "ver" o conocer otra. Es como un puente que me lleva a la otra orilla. Cuando yo me encuentro con un objeto que es signo, mi mente es llevada a la orilla de su significado.

Al igual que una moneda tiene dos caras, el signo tiene dos aspectos: el que vemos realmente y el que conocemos por medio de ella. Al primero, al externo lo llamamos significante, y al que no se ve; pero que lo hemos conocido o nos hemos dado cuenta lo llamamos significado. He aquí el cuadro:

 

SIGNIFICANTE
(realidad-signo)
Señal de STOP
Humo
Rostro con arrugas
SIGNIFICADO
(realidad significada)
Pararse
Fuego
Edad avanzada

 

2. El símbolo:

En Grecia símbolo (sym-bailo = volver a reunir) significaba la reunión de dos trozos de un objeto. Cuando dos personas hacían un contrato, tomaban un objeto y lo partían en dos trozos. Cada uno de los trozos lo tenía un individuo. Al reunirlos, se reconocían. Era la garantía del contrato.

Partiendo del origen de la palabra, de la etimología, se dice que el símbolo es un signo que une dos aspectos de una realidad. Un aspecto de esa realidad es visible y objetivo (anillo) y el otro aspecto, invisible y subjetivo (amor). Bajo este punto de mira el símbolo es igual que signo. Por tanto, todo símbolo es signo. Pero, hay diferencias: no todo signo es símbolo. Esta diferencia es importante, ya que a través de la historia ha habido abusos que han llegado a degradar la naturaleza de la liturgia ("Esta clara distinción es tanto más urgente cuanto que la simbólica litúrgica fue a la deriva durante siglos y así quedó falseada su naturaleza")

Para comprender las diferencias entre signo y símbolo se debe tener en cuenta:

 3. El gesto.

Gesto llamamos a la postura corporal: al estar de pie, al estar sentado o de rodillas, al levantar las manos, al mirar arriba, etc. Todos estos gestos tienen un significado, por tanto pertenecen al mundo simbólico. Pongamos un ejemplo, el gesto de echar agua encima del niño, a primera vista, da a entender que lavamos al niño de algo, de los pecados. Pero si lo metemos en una piscina, da a entender mejor el verdadero significado del bautismo: que muere y resucita con Cristo. El gesto ya tiene un significado. Ahora bien, hay que decir también que el gesto y la palabra dan al símbolo su verdadero significado.

4. El rito.

El rito no es una realidad sólo religiosa o litúrgica, es también una realidad social. El hombre para comunicarse con los demás realiza una serie de ritos. Los códigos de urbanidad, los protocolos, las reglas para acercarse a una persona desconocida, etc., son ritos. Además, el hombre crea ritos para expresar los momentos más importantes de la vida: el nacimiento, la muerte, etc. Se trata de algo inscrito en la naturaleza del hombre.

GRACIA Y JUSTIFICACIÓN

Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica


GRACIA Y JUSTIFICACIÓN
I. La justificación

1987 La gracia del Espíritu Santo tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y comunicarnos “la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo” (Rm 3, 22) y por el Bautismo (cf Rm 6, 3-4): «Y si hemos muerto con Cristo, confiemos en que también viviremos con él, sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya dominio sobre él. Porque cuando murió, murió al pecado, de una vez para siempre; su vivir, en cambio es un vivir para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús» (Rm 6, 8-11).
1988 Por el poder del Espíritu Santo participamos en la Pasión de Cristo, muriendo al pecado, y en su Resurrección, naciendo a una vida nueva; somos miembros de su Cuerpo que es la Iglesia (cf 1 Co 12), sarmientos unidos a la Vid que es Él mismo (cf Jn 15, 1-4)

«Por el Espíritu Santo participamos de Dios [...] Por la participación del Espíritu venimos a ser partícipes de la naturaleza divina [...] Por eso, aquellos en quienes habita el Espíritu están divinizados» (San Atanasio de Alejandría, Epistula ad Serapionem, 1, 24).


1989 La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: “Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. “La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del hombre” (Concilio de Trento: DS 1528).


1991 La justificación es, al mismo tiempo, acogida de la justicia de Dios por la fe en Jesucristo. La justicia designa aquí la rectitud del amor divino. Con la justificación son difundidas en nuestros corazones la fe, la esperanza y la caridad, y nos es concedida la obediencia a la voluntad divina.


1992 La justificación nos fue merecida por la pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los hombres. La justificación es concedida por el Bautismo, sacramento de la fe. Nos asemeja a la justicia de Dios que nos hace interiormente justos por el poder de su misericordia. Tiene por fin la gloria de Dios y de Cristo, y el don de la vida eterna (cf Concilio de Trento: DS 1529)


1993 La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Por parte del hombre se expresa en el asentimiento de la fe a la Palabra de Dios que lo invita a la conversión, y en la cooperación de la caridad al impulso del Espíritu Santo que lo previene y lo custodia:

«Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él» [Concilio de Trento: DS 1525).

II. La gracia

1996 Nuestra justificación es obra de la gracia de Dios. La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios (cf Jn 1, 12-18), hijos adoptivos (cf Rm 8, 14-17), partícipes de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 3-4), de la vida eterna (cf Jn 17, 3).


1997 La gracia es una participación en la vida de Dios. Nos introduce en la intimidad de la vida trinitaria: por el Bautismo el cristiano participa de la gracia de Cristo, Cabeza de su Cuerpo. Como “hijo adoptivo” puede ahora llamar “Padre” a Dios, en unión con el Hijo único. Recibe la vida del Espíritu que le infunde la caridad y que forma la Iglesia.


1998 Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural. Depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios, porque sólo Él puede revelarse y darse a sí mismo. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana, como las de toda creatura (cf 1 Co 2, 7-9)

1999 La gracia de Cristo es el don gratuito que Dios nos hace de su vida infundida por el Espíritu Santo en nuestra alma para sanarla del pecado y santificarla: es la gracia santificante o divinizadora, recibida en el Bautismo. Es en nosotros la fuente de la obra de santificación (cf Jn 4, 14; 7, 38-39):
«Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo» (2 Co 5, 17-18).


2000 La gracia santificante es un don habitual, una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios, de obrar por su amor. Se debe distinguir entre la gracia habitual, disposición permanente para vivir y obrar según la vocación divina, y las gracias actuales, que designan las intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación.
2001 La preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia. Esta es necesaria para suscitar y sostener nuestra colaboración a la justificación mediante la fe y a la santificación mediante la caridad. Dios completa en nosotros lo que Él mismo comenzó, “porque él, por su acción, comienza haciendo que nosotros queramos; y termina cooperando con nuestra voluntad ya convertida” (San Agustín, De gratia et libero arbitrio, 17, 33):


2002 La libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre, porque Dios creó al hombre a su imagen concediéndole, con la libertad, el poder de conocerle y amarle. El alma sólo libremente entra en la comunión del amor. Dios toca inmediatamente y mueve directamente el corazón del hombre. Puso en el hombre una aspiración a la verdad y al bien que sólo Él puede colmar. Las promesas de la “vida eterna” responden, por encima de toda esperanza, a esta aspiración:


2003 La gracia es, ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica. Pero la gracia comprende también los dones que el Espíritu Santo nos concede para asociarnos a su obra, para hacernos capaces de colaborar en la salvación de los otros y en el crecimiento del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Estas son las gracias sacramentales, dones propios de los distintos sacramentos. Son además las gracias especiales, llamadas también carismas, según el término griego empleado por san Pablo, y que significa favor, don gratuito, beneficio (cf LG 12). Cualquiera que sea su carácter, a veces extraordinario, como el don de milagros o de lenguas, los carismas están ordenados a la gracia santificante y tienen por fin el bien común de la Iglesia. Están al servicio de la caridad, que edifica la Iglesia (cf 1 Co 12).


2004 Entre las gracias especiales conviene mencionar las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en el seno de la Iglesia:
«Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe; si es el ministerio, en el ministerio, la enseñanza, enseñando; la exhortación, exhortando. El que da, con sencillez; el que preside, con solicitud; el que ejerce la misericordia, con jovialidad» (Rm 12, 6-8).

III. El mérito

«Manifiestas tu gloria en la asamblea de los santos, y, al coronar sus méritos, coronas tu propia obra» (Prefacio de los Santos I, Misal Romano; cf. "Doctor de la gracia" San Agustín, Enarratio in Psalmum, 102, 7).


2008 El mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo, en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente. Por otra parte, el mérito del hombre recae también en Dios, pues sus buenas acciones proceden, en Cristo, de las gracias prevenientes y de los auxilios del Espíritu Santo.


2009 La adopción filial, haciéndonos partícipes por la gracia de la naturaleza divina, puede conferirnos, según la justicia gratuita de Dios, un verdadero mérito. Se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos” de Cristo y dignos de obtener la herencia prometida de la vida eterna (cf Concilio de Trento: DS 1546). Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina (cf Concilio de Trento: DS 1548). “La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido [...] Los méritos son dones de Dios” (San Agustín, Sermo 298, 4-5).


2010 “Puesto que la iniciativa en el orden de la gracia pertenece a Dios, nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la conversión, del perdón y de la justificación. Bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios. Estas gracias y bienes son objeto de la oración cristiana, la cual provee a nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias.


2011 La caridad de Cristo es en nosotros la fuente de todos nuestros méritos ante Dios. La gracia, uniéndonos a Cristo con un amor activo, asegura el carácter sobrenatural de nuestros actos y, por consiguiente, su mérito tanto ante Dios como ante los hombres. Los santos han tenido siempre una conciencia viva de que sus méritos eran pura gracia.
«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor [...] En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

IV. La santidad cristiana


2013 “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48):


«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo [...] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).


2014 El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos.


2015 “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas:
«El que asciende no termina nunca de subir; y va paso a paso; no se alcanza nunca el final de lo que es siempre susceptible de perfección. El deseo de quien asciende no se detiene nunca en lo que ya le es conocido» (San Gregorio de Nisa, In Canticum homilia 8).


2016 Los hijos de la Santa Madre Iglesia esperan justamente la gracia de la perseverancia final y de la recompensa de Dios, su Padre, por las obras buenas realizadas con su gracia en comunión con Jesús (cf Concilio de Trento: DS 1576). Siguiendo la misma norma de vida, los creyentes comparten la “bienaventurada esperanza” de aquellos a los que la misericordia divina congrega en la “Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, [...] que baja del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo” (Ap 21, 2).

CONCLUYAMOS ESTE PRIMER MOMENTO

Está actividad hace parte de la evaluación y se incluye en el documento anexo que se descarga. 

Defina con sus propias palabras los siguientes términos:

Signo:

Símbolo:

Rito:

Liturgia:

Gracia:

Clases de Gracia:

Justificación

Merito:

TEMA II
¿QUÉ ES SACRAMENTO?

TEMA DE ESTUDIO
Tomado del Catecismo de la Iglesia Católica

EL MISTERIO PASCUAL EN LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA

1113 Toda la vida litúrgica de la Iglesia gira en torno al Sacrificio Eucarístico y los sacramentos (cf SC 6). Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio (cf DS 860; 1310; 1601). En este artículo se trata de lo que es común a los siete sacramentos de la Iglesia desde el punto de vista doctrinal. Lo que les es común bajo el aspecto de la celebración se expondrá en el capítulo segundo, y lo que es propio de cada uno de ellos será objeto de la segunda sección.

 

I. Sacramentos de Cristo


1114 "Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas [...] y al parecer unánime de los Padres", profesamos que "los sacramentos de la nueva Ley [...] fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo" (DS 1600-1601).

1115 Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque "lo [...] que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios" (San León Magno, Sermo 74, 2).

1116 Los sacramentos, como "fuerzas que brotan" del Cuerpo de Cristo (cf Lc 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y vivificante, y como acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, son "las obras maestras de Dios" en la nueva y eterna Alianza.

 

II. Sacramentos de la Iglesia

1117 Por el Espíritu que la conduce "a la verdad completa" (Jn 16,13), la Iglesia reconoció poco a poco este tesoro recibido de Cristo y precisó su "dispensación", tal como lo hizo con el canon de las Sagradas Escrituras y con la doctrina de la fe, como fiel dispensadora de los misterios de Dios (cf Mt 13,52; 1 Co 4,1). Así, la Iglesia ha precisado a lo largo de los siglos, que, entre sus celebraciones litúrgicas, hay siete que son, en el sentido propio del término, sacramentos instituidos por el Señor.

1118 Los sacramentos son "de la Iglesia" en el doble sentido de que existen "por ella" y "para ella". Existen "por la Iglesia" porque ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen "para la Iglesia", porque ellos son "sacramentos [...] que constituyen la Iglesia" (San Agustín, De civitate Dei 22, 17; Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q.64, a. 2 ad 3), ya que manifiestan y comunican a los hombres, sobre todo en la Eucaristía, el misterio de la Cocmunión del Dios Amor, uno en tres Personas.

1119 Formando con Cristo-Cabeza "como una única [...] persona mística" (Pío XII, enc. Mystici Corporis), la Iglesia actúa en los sacramentos como "comunidad sacerdotal" "orgánicamente estructurada" (LG 11): gracias al Bautismo y la Confirmación, el pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia; por otra parte, algunos fieles "que han recibido el sacramento del Orden están instituidos en nombre de Cristo para ser los pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios" (LG 11).

1120 El ministerio ordenado o sacerdocio ministerial (LG 10) está al servicio del sacerdocio bautismal. Garantiza que, en los sacramentos, sea Cristo quien actúa por el Espíritu Santo en favor de la Iglesia. La misión de salvación confiada por el Padre a su Hijo encarnado es confiada a los Apóstoles y por ellos a sus sucesores: reciben el Espíritu de Jesús para actuar en su nombre y en su persona (cf Jn 20,21-23; Lc 24,47; Mt 28,18-20). Así, el ministro ordenado es el vínculo sacramental que une la acción litúrgica a lo que dijeron y realizaron los Apóstoles, y por ellos a lo que dijo y realizó Cristo, fuente y fundamento de los sacramentos.

1121 Los tres sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal confieren, además de la gracia, un carácter sacramental o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y funciones diversos. Esta configuración con Cristo y con la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble (Concilio de Trento: DS 1609); permanece para siempre en el cristiano como disposición positiva para la gracia, como promesa y garantía de la protección divina y como vocación al culto divino y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no pueden ser reiterados.

 

III. Sacramentos de la fe

1122 Cristo envió a sus Apóstoles para que, "en su Nombre, proclamasen a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados" (Lc 24,47). "Haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt28, 19). La misión de bautizar, por tanto la misión sacramental, está implicada en la misión de evangelizar, porque el sacramento es preparado por la Palabra de Dios y por la fe que es consentimiento a esta Palabra:

1123 "Los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios, pero, como signos, también tienen un fin instructivo. No sólo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por se llaman sacramentos de la fe" (SC 59).

1124 La fe de la Iglesia es anterior a la fe del fiel, el cual es invitado a adherirse a ella. Cuando la Iglesia celebra los sacramentos confiesa la fe recibida de los apóstoles, de ahí el antiguo adagio: Lex orandi, lex credendi (o: Legem credendi lex statuat supplicandi). "La ley de la oración determine la ley de la fe" (Indiculus, c. 8: DS 246), según Próspero de Aquitania, (siglo V). La ley de la oración es la ley de la fe. La Iglesia cree como ora. La liturgia es un elemento constitutivo de la Tradición santa y viva (cf. DV 8).

1125 Por eso ningún rito sacramental puede ser modificado o manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Incluso la suprema autoridad de la Iglesia no puede cambiar la liturgia a su arbitrio, sino solamente en virtud del servicio de la fe y en el respeto religioso al misterio de la liturgia.

1126 Por otra parte, puesto que los sacramentos expresan y desarrollan la comunión de fe en la Iglesia, la lex orandi es uno de los criterios esenciales del diálogo que intenta restaurar la unidad de los cristianos (cf UR 2 y 15).

 

IV. Sacramentos de la salvación

1127 Celebrados dignamente en la fe, los sacramentos confieren la gracia que significan (cf Concilio de Trento: DS 1605 y 1606). Son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; Él es quien bautiza, Él quien actúa en sus sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa. El Padre escucha siempre la oración de la Iglesia de su Hijo que, en la epíclesis de cada sacramento, expresa su fe en el poder del Espíritu. Como el fuego transforma en sí todo lo que toca, así el Espíritu Santo transforma en vida divina lo que se somete a su poder.


1128 Tal es el sentido de la siguiente afirmación de la Iglesia (cf Concilio de Trento: DS 1608): los sacramentos obran ex opere operato (según las palabras mismas del Concilio: "por el hecho mismo de que la acción es realizada"), es decir, en virtud de la obra salvífica de Cristo, realizada de una vez por todas. De ahí se sigue que "el sacramento no actúa en virtud de la justicia del hombre que lo da o que lo recibe, sino por el poder de Dios" (Santo Tomás de Aquino, S. Th., 3, q. 68, a.8, c). En consecuencia, siempre que un sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por él, independientemente de la santidad personal del ministro. Sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe.

1129 La Iglesia afirma que para los creyentes los sacramentos de la Nueva Alianza son necesarios para la salvación (cf Concilio de Trento: DS 1604). La "gracia sacramental" es la gracia del Espíritu Santo dada por Cristo y propia de cada sacramento. El Espíritu cura y transforma a los que lo reciben conformándolos con el Hijo de Dios. El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu de adopción deifica (cf 2 P 1,4) a los fieles uniéndolos vitalmente al Hijo único, el Salvador.

 

V. Sacramentos de la vida eterna

1130 La Iglesia celebra el Misterio de su Señor "hasta que él venga" y "Dios sea todo en todos" (1 Co 11, 26; 15, 28). Desde la era apostólica, la liturgia es atraída hacia su término por el gemido del Espíritu en la Iglesia: ¡Marana tha! (1 Co 16,22). La liturgia participa así en el deseo de Jesús: "Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros [...] hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios" (Lc 22,15-16). En los sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna, aunque "aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Tt 2,13). "El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven! [...] ¡Ven, Señor Jesús!" (Ap22,17.20).

 

CONCLUYAMOS ESTE SEGUNDO MOMENTO

Está actividad hace parte de la evaluación y se incluye en el documento anexo que se descarga.

1. Defina el siguiente término:

Sacramento:

2. Realiza un escrito donde digas que el sacramento tiene fuerza en sí, obra por si solo; pero que además, necesita para que su obra sea más eficiente de nuestra colaboración. Es decir, que hay de tener las debidas disposiciones para recibirlo

 

3. Concluya qué es:

TEMA 3
LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

TEMA DE ESTUDIO


De los Sacramentos en General

«Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan la gracias propias de cada sacramento» (Catecismo, 1131). «Los sacramentos son signos sensibles (palabras y acciones), accesibles a nuestra humanidad actual» (Catecismo, 1084).

«Adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres», profesamos que «los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo» .

«Hay en la Iglesia siete sacramentos: Bautismo, Confirmación o Crismación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio» (Catecismo, 1113). «Los siete sacramentos corresponden a todas la etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano: dan nacimiento y crecimiento, curación y misión a la vida de fe de los cristianos. Hay aquí una cierta semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida espiritual» (Catecismo, 1210). Forman un conjunto ordenado, en el que la Eucaristía ocupa el centro, pues contiene al Autor mismo de los sacramentos (cfr. Catecismo, 1211).

Los sacramentos significan tres cosas: la causa santificante, que es la Muerte y Resurrección de Cristo; el efecto santificante o gracia; y el fin de la santificación, que es la gloria eterna. «El sacramento es un signo que rememora lo que sucedió, es decir, la Pasión de Cristo; es un signo que demuestra el efecto de la pasión de Cristo en nosotros, es decir, la gracia; y es un signo que anticipa, es decir, que preanuncia la gloria venidera».

El signo sacramental, propio de cada sacramento, está constituido por cosas (elementos materiales —agua, aceite, pan, vino— y gestos humanos —ablución, unción, imposición de las manos, etc.), que se llaman materia; y también por palabras que pronuncia el ministro del sacramento, que son la forma. En realidad, «toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras» (Catecismo, 1153).

 

Efectos y necesidad de los sacramentos
Todos los sacramentos confieren la gracia santificante a quienes no ponen obstáculo . Esta gracia es «el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica» (Catecismo, 2003). Además, los sacramentos confieren la gracia sacramental, que es la gracia «propia de cada sacramento» (Catecismo, 1129): un cierto auxilio divino para conseguir el fin de ese sacramento.

No sólo recibimos la gracia santificante, sino al mismo Espíritu Santo. «Por medio de los sacramentos de la Iglesia, Cristo comunica su Espíritu, Santo y Santificador, a los miembros de su Cuerpo» (Catecismo, 739) . El fruto de la vida sacramental consiste en que el Espíritu Santo deifica a los fieles uniéndolos vitalmente a Cristo (cfr. Catecismo, 1129).

Los sacramentos que Cristo ha confiado a su Iglesia son necesarios —al menos su deseo— para la salvación, para alcanzar la gracia santificante, y ninguno es superfluo, aunque no todos sean necesarios para cada persona .

 

Eficacia de los sacramentos
La eficacia de los sacramentos deriva de Cristo mismo, que actúa en ellos, «sin embargo, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones del que los recibe» (Catecismo, 1128): cuanto mejores disposiciones tenga de fe, conversión de corazón y adhesión a la voluntad de Dios, más abundantes son los efectos de gracia que recibe (cfr. Catecismo, 1098).
El hombre que realiza el sacramento se pone al servicio de Cristo y de la Iglesia, por eso se llama ministro del sacramento; y no puede ser indistintamente cualquier fiel cristiano, sino que necesita ordinariamente la especial configuración con Cristo Sacerdote que da el sacramento del Orden .


«La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida» . «No confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella» (Catecismo, 1670). «Entre los sacramentales figuran en primer lugar las bendiciones (de personas, de la mesa, de objetos, de lugares)» (Catecismo, 1671).

 

Diferencia entre sacramento “válido” y sacramento “lícito”
Antes de seguir adelante, resulta oportuno tratar de aclarar dos conceptos claves para la comprensión de la eficacia sacramental: el concepto de validez y el de licitud.

Sacramento válido es aquel que, en su confección y (o) en su recepción, verdaderamente se ha producido, es decir, ha habido sacramento.

Sacramento lícito es aquel sacramento válido que, además, se ha confeccionado o recibido con todas sus condiciones y, por tanto, produce todos sus efectos.

Algunos ejemplos de invalidez e ilicitud aclararán lo anterior:

Sobre invalidez: Confeccionaría inválidamente la Eucaristía (no habría sacramento) el sacerdote que no usara pan de harina de trigo en la consagración, o que bautizara con un líquido distinto del agua. O quien, sin ser sacerdote, pretendiera consagrar;

Recibiría inválidamente un sacramento (en sentido propio, no lo recibiría) el sujeto que simulara confesar sus pecados sin intención de recibir el perdón; o quien, por provechos materiales, fingiera recibir el bautismo.

Sobre la ilicitud: Recibiría ilícitamente la Confirmación la persona que recibiera este sacramento de vivos con conciencia de pecado mortal. Recibe la confirmación, el matrimonio, etc., pero ilícitamente, ya que le falta estar en estado de gracia para que el sacramento de fruto.

Bautizaría ilícitamente el médico que bautizara recién nacidos que no se hallaran en peligro de muerte. Los niños quedarían bautizados, pero de modo ilícito, ya que falta una condición esencial para que un laico pueda bautizar: que haya peligro de muerte.

 

El sujeto de un sacramento

Se llama sujeto de un sacramento a la persona que lo recibe. Los sacramentos sólo pueden ser recibidos válidamente por una persona viva; los muertos no pueden recibir sacramentos, pues éstos comunican o aumentan la gracia en el alma, la cual no permanece en el cadáver.

1.- Condiciones para la recepción válida de los sacramentos

Para que una persona reciba válidamente un sacramento se requieren dos condiciones: la capacidad y la intención de recibirlo (si se es adulto).

La capacidad es cierta aptitud del sujeto, de acuerdo a la naturaleza de cada sacramento y el fin de Cristo al instituirlo. No todos los hombres son aptos para recibir cualquier sacramento: así, son incapaces los no bautizados, de recibir los demás sacramentos; las mujeres, de recibir el Orden sagrado; el que no está enfermo, de recibir la Unción; el que ya está casado, de recibir el Matrimonio.

Se requiere también, para los adultos con uso de razón, la intención de recibirlo. El motivo es claro: Dios tiene en cuenta la libertad del hombre, y hace depender la salvación de su propio querer. El sacramento que se recibe sin intención o contra la propia voluntad es, por tanto, inválido.

En el caso del niño que se bautiza, el sacramento recibido es válido (DS 780), porque la falta de intención del bebé queda suplida por la intención de la Iglesia representada en el ministro, los padres y los padrinos, que actúan en su nombre.

En caso de urgente necesidad (por ejemplo, pérdida del conocimiento, perturbación mental, etc.) el sacramento puede ser administrado sin la intención actual del sujeto, si existen razones fundadas para admitir que éste tenía el deseo implícito de recibirlo. Por ejemplo, se puede conferir la Unción de Enfermos al que se encuentra en estado de coma, si mientras que estaba sano se acercaba a los sacramentos…; se puede absolver de sus pecados al demente que en sus momentos lúcidos se confesaba, etc.

2.- Condiciones para la recepción lícita de los sacramentos

Se dice que la recepción de un sacramento es lícita y fructuosa cuando el que lo recibe lo hace con todas las disposiciones debidas y por ello se producen todos sus efectos.

Será ilícita o sacrílega cuando voluntariamente se recibe sin las debidas disposiciones. Por ejemplo, cuando se recibe la Eucaristía en pecado mortal.

El adulto que recibe los sacramentos de muertos (el Bautismo y la Penitencia) ha de tener al menos fe y arrepentimiento de sus pecados (DS 1526).[2]

La condición para recibir lícitamente los sacramentos de vivos (los otros cinco sacramentos) es el estado de gracia. La recepción en pecado mortal constituye un grave sacrilegio. Si un sacramento de vivos es recibido por una persona que se encuentra en pecado mortal, lo recibe válidamente, pero de modo ilícito, por lo que no produce los efectos propios de ese sacramento.

Por ejemplo: cuando se recibe el sacramento del Matrimonio estando en pecado mortal, los esposos quedan casados (sacramento válido), pero cometen sacrilegio (por trato indigno de un sacramento y además no produce los frutos propios del sacramento del matrimonio hasta que los esposos recuperen la gracia santificante).

Se dice que un sujeto recibe legítimamente un sacramento si no está excluido de los derechos de fiel católico, o restringido en el uso de esos derechos, como sería el caso de un excomulgado.

Resumiendo los criterios y normas contenidos en esos documentos y otros posteriores, cabe llegar a la siguiente síntesis:

Es necesario mantener:
La caridad que lleva a no privar a alguien de ayuda espiritual, sobre todo en aquellas circunstancias graves en las que tiene especial necesidad de ella.

De ahí que la comunicación en los sacramentos a los hermanos separados sólo puede permitirse cuando haya causa grave que la justifique.

Para los orientales separados: “Puede considerarse causa justa, además de los casos de necesidad, la imposibilidad material o moral de recibirlos en la propia iglesia, por especiales circunstancias, durante un periodo demasiado largo de tiempo, a fin de no privar sin justo motivo a los fieles del fruto espiritual de los sacramentos”.

En cuanto a los demás hermanos separados (protestantes de origen luterano o calvinista), este mismo Directorio prohíbe en general la comunicación, pero permite su acceso a los sacramentos “en peligro de muerte o en caso de necesidad urgente (persecución, cárcel), supuesto que el hermano separado no pueda recurrir a un ministro de su comunión y espontáneamente pida los sacramentos al sacerdote católico”.

Los sacramentos son realidades objetivas, cuya naturaleza ha sido determinada por Cristo, y que deben ser usados de acuerdo con esa voluntad fundacional de Cristo sin someterlos a interpretaciones subjetivas. Por eso para admitir a la intercomunión no basta con la mera buena disposición subjetiva, sino que se requiere una identidad de fe con la profesada por la Iglesia católica.

 

La materia de los sacramentos

La materia es el elemento material-sensible, sobre el que se pronuncian las palabras del ministro (forma).

Suele distinguirse entre materia remota y próxima: La materia remota es la cosa sensible misma, como el agua en el Bautismo, el pan y el vino en la Sagrada Eucaristía.

La materia próxima es la aplicación o uso de la materia concreta en la acción sacramental, como la ablución o la unción.

 

La forma de los sacramentos

Se llama “forma” de un sacramento a las palabras que pronuncia el ministro, y que unidas a la materia propia y dichas con la intención que tiene la Iglesia, confieren el sacramento.

La forma debe ser pronunciada en su integridad, respetando todas las rúbricas, bajo pena de ilicitud, y la sustancia, bajo pena de invalidez. Cualquier mutación sustancial que cambiase el sentido de las palabras en otro distinto invalidaría el sacramento.

El significado profundo de estas normas morales es que el signo aparezca con nitidez, con profundo contenido religioso, y como un acto verdaderamente humano del que Cristo se sirve instrumentalmente para cumplir en cada momento su obra salvadora.

Materia y forma deben estar moralmente unidas; es decir, formar una unidad en el tiempo y en el espacio[7], de tal modo que aparezcan a la común estimación humana como formando un único signo. La materia y la forma son elementos constitutivos de los sacramentos y son la esencia misma de cada uno de ellos. Ambas son inseparables, significan una sola acción. Si falta la forma, no hay sacramento, si falta la materia, tampoco. La Iglesia, en su calidad de custodia de estos medios de salvación, no puede variar la esencia misma, solamente puede cambiar el rito. Debe ser además un mismo ministro el que aplique materia y forma.

 

¿POR QUÉ 7 SACRAMENTOS?

Porque 7 son las etapas de la vida. Hay una gran semejanza entre las etapas de la vida natural y las etapas de la vida sobrenatural: Lee: Catecismo de la Iglesia Católica (CIC n. 1210).

 

1. En la vida natural hay que nacer.

En la vida sobrenatural hay que nacer del agua y del espíritu. Lee: Juan 3,5. Nuestra madre la Iglesia nos engendra por el Bautismo.

 

2. En la vida natural hay que crecer y dar fruto.

En la vida sobrenatural la Confirmación lleva a su desarrollo y hace fructificar esa vida recibida en el Bautismo. Lee: Juan 15,16.

 

3. Para vivir es necesario alimentarnos.

En la Eucaristía Cristo, el Pan de Vida, nos nutre con su cuerpo y su sangre. Lee: Lucas 22, 19.

 

4. En la vida natural enfermamos y necesitamos medicina para recuperar la salud.

En la vida sobrenatural Jesucristo, médico de las almas (Lee: Mateo 9,12), nos ofrece el sacramento de la Reconciliación para sanar las heridas del pecado: Lee: CIC n.1421.

 

5. En la vida natural buscamos formar un hogar.

En la vida sobrenatural Cristo quiere que los esposos se amen como El ama a su Iglesia (Lee: Efesios 5,25): para eso instituyó el Matrimonio.

 

6. En la vida natural necesitamos de una autoridad que ordene la vida social.

En la vida sobrenatural el Reino de Cristo en este mundo exige una autoridad, unos pastores que apacienten las ovejas de Cristo, para ello Cristo instituyó el Sacerdocio.

 

7. La vida natural llega a su ocaso y morimos.

La Unción de los Enfermos nos conforma con la muerte y resurrección de Cristo: Lee: CIC n. 1523.

 

LOS SACRAMENTOS EN LA BIBLIA: SIETE PRUEBAS DE LA FE

 

Bautismo.
“Y acercándose Jesús les dijo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id pues y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Mateo 28,18-19.

 

Confirmación.
“Cuando los apóstoles oyeron cómo había recibido Samaria la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan, los cuales bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, pues aún no había venido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo”. Hechos 8, 14-17.

 

Eucaristía.
“Después tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: ´Este es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía. Y después de la cena, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: ´Este es el cáliz de la Nueva Alianza sellada con mi sangre que se derrama por ustedes” Lucas 22, 19-20.

 

Confesión.
“Sopló sobre ellos y les dijo: ´Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonara, a quienes se los retengan, Dios se los retendrá”. Juan 20, 22-23.

 

Unción de los enfermos.
“¿Está enfermo alguno de ustedes? Que llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor”. Santiago 5,14.


Sacerdocio.
“designaron responsables en cada Iglesia y, después de orar y ayunar, los encomendaron al Señor, en quien habían creído”. Hechos 14, 23.

 

Matrimonio.
“Por eso dejara el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos uno solo (Gn 1 27); de manera que ya no son dos, sino uno solo. Por tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. Mateo 19, 5-6

 

CONCLUYAMOS ESTE TERCER MOMENTO

Está actividad hace parte de la evaluación y se incluye en el documento anexo que se descarga.


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Trabajo y Evaluación

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