INTRODUCCIÓN

Se llama Nuevo Testamento a la revelación y a la alianza, que en plenitud de los tiempos, Dios hace y establece con los hombres a través de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. También se le llama Nuevo Testamento al bloque de escritos que redactados bajo el carisma de la inspiración divina recogen esa revelación y describen esa alianza.

Mientras que los libros del Antiguo Testamento hacen referencia a la alianza de Yavé en el Sinaí con el pueblo hebreo y que, en repetidas ocasiones se renueva ante las también repetidas infidelidades por parte del pueblo.

Los libros a los que ahora se refiere llevan el nombre de Nuevo Testamento, con lo que se quiere decir que están motivados por una alianza distinta de la anterior. Según san Pablo esta nueva alianza hacia mucho tiempo que se había pactado: nada menos que en tiempos de Abraham (Cf. Ga 3, 15-18). A él se le había hecho la promesa, una promesa que desemboca en Cristo. Consiguientemente, la alianza de la ley de Moisés no pasó de ser una especie de paréntesis, hasta tanto llegara Cristo. En Cristo se hace realidad la alianza de Dios con la humanidad.

El cumplimiento de la promesa tiene lugar cuando el mismo Jesús, celebrando la última cena, pronuncia las palabras que recogen los sinópticos: “esta es mi sangra de la alianza, que se derrama por muchos” (Mc 14, 24). Mateo añadiendo dice “para el perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Por su parte Lucas y Pablo dicen: “esta copa es la nueva alianza en mi sangre que es derramada por vosotros” (1 Co 11, 25; Lc 22, 20). Momentos después quedará sellada con la sangre derramada en la cruz. El rito que actualiza esa alianza habrá que repetirlo por indicación del mismo Jesús: “haced esto en recuerdo mío” (Lc 22, 19); “cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío” (1 Co 11, 25).

Mientras que la alianza del Antiguo Testamento se basaba en la sangre de los animales (Cf. Ex 24, 8) y era transitoria, la alianza del Nuevo Testamento es definitiva y para siempre.

A continuación se presenta toda una serie de elementos que permitirán tener un breve acercamiento a lo qué significa la nueva alianza hecha por Dios con el hombre a través de Jesucristo, Hijo de Dios, prometido por el Padre desde los inicios. Esta visión panorámica se da en tres niveles: historia, literatura y teología.

Para entresacar el mensaje del Nuevo Testamento, es importante antes realizar un breve acercamiento al contexto en el que surge dicha experiencia.

1. CONTEXTO GEOGRÁFICO DEL NUEVO TESTAMENTO.

Antes de iniciar el acercamiento al contexto histórico del Nuevo Testamento, es importante hacer un alto de forma breve en el marco geográfico en el que se desarrolla. La geografía correspondiente a los libros del Nuevo Testamento continúa siendo, en un principio, Palestina. Es donde se desarrolla la vida de Jesús, concretamente en Galilea, a temporadas en Judea, y en algunas ocasiones de paso por Samaría y otras regiones limítrofes como: Perea, Decápolis, Tiro y Sidón.

Este marco geográfico es ampliado cuando los apóstoles, de acuerdo al encargo de Jesús: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la Tierra” (Hch 1, 8). Esta expansión es testimoniada claramente por las Cartas y los Hechos de los Apóstoles. Es así como los viajes y las cartas de Pablo, ponen de relieve a Roma en un desplazamiento de dirección noroeste, atravesando Siria, Asia Menor y Grecia. En las cartas, Pablo deja vislumbrar otros lugares como España (Cf. Rm 15, 24). Se podría decir entonces que, a fínales del Siglo I el Evangelio de alguna forma, ya había abarcado casi todas las provincias del Imperio Romano.

Por su parte, la geografía de Palestina, escenario de la vida de Jesús y en gran parte de la vida de los apóstoles, se caracteriza por ser un terreno muy variado, en el que se pueden distinguir cuatro zonas: “la zona costera mediterránea, la región montañosa Palestina, la depresión de Jordán y la región montañosa de Tras Jordania”, estas zonas se pueden ver más o menos paralelas.

 

 

 Palestina está dividido en tres regiones: Galilea al norte, Samaria en el centro y Judea en el sur.

2. ETAPAS DE FORMACIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO.

En la construcción del Nuevo Testamento, como literatura, se pueden distinguir tres etapas bien diferenciadas:

 a. Jesús de Nazaret (6 a. C. - 30 d. C.) Jesús nació en el reinado de Herodes, seguramente seis años antes del comienzo de nuestra era. Vivió en Nazaret como un piadoso judío, practicando la ley según el espíritu de los fariseos, los más religiosos entre los judíos.

Hacia los años 27-28, después de ser bautizado por Juan bautista, inaugura sus dos o tres años de vida pública. Escoge algunos discípulos y, junto con ellos, proclama, con palabras y sobre todo con los hechos de su vida, la venida del reino de Dios. Jesús forma con sus apóstoles El no escribió nunca nada (Cf.Jn 8, 6: arena en cierta ocasión...). Condenado por los responsables religiosos, fue crucificado por los romanos, seguramente el 7 de abril del año 30.

 b. Las comunidades (alrededor de los años 30-70) La resurrección de Jesús y la venida del Espíritu en pentecostés permiten a los discípulos comenzar a descubrir el misterio de Jesús. Estos discípulos siguen siendo judíos, pero forman en el seno del judaísmo un grupo extraño: el de los testigos de Jesús resucitado, que tienen que mantener una doble fidelidad: a Jesús - a la vida, que les plantea no pocas cuestiones.

Para responder a estas cuestiones, se remiten a los recuerdos que tenían de Jesús. Pero lo hacen a la luz de la resurrección. Esos recuerdos van tomando forma, sobre todo, en torno a tres centros principales de interés:

• los discípulos predican para anunciar a los judíos y luego a los paganos a Jesús resucitado: es el grito de fe de los primeros cristianos;
• los discípulos celebran al resucitado en la liturgia, sobre todo en la eucaristía. Con esta ocasión toman forma muchos de sus recuerdos sobre Jesús;
• los discípulos enseñan a los nuevos bautizados, recogiendo para ello los hechos y las palabras de Jesús.

Pablo, convertido hacia el año 36, llevará la buena nueva al Asia Menor, Grecia..., hasta Roma. Los paganos pueden desde entonces entrar en la iglesia sin verse obligados a hacerse judíos previamente: es lo que se decidió en el «concilio» de Jerusalén del año 50. Entre los años 51 y 63, Pablo escribe sus cartas a varias comunidades. Durante este período, el judaísmo oficial va poco a poco desechando a los cristianos. El año 70, los romanos destruyen Jerusalén.

c. Redacción de los escritos (alrededor del 70-100 d. C.) Cuatro teólogos reúnen las tradiciones que ya se habían redactado y dan su testimonio sobre Jesús. El evangelio según MARCOS recoge hacia el año 70 la predicación de Pedro en Roma. Intenta hacer ver que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, sobre todo a través de sus actos, especialmente sus milagros.

El evangelio según San Lucas se escribió hacia el 80-90 para las comunidades compuestas sobre todo por paganos convertidos. Muestra cómo, en Jesús, Dios visita a su pueblo y viene a manifestarle su cariño.

San Lucas escribió un segundo tomo: los Hechos de los apóstoles, donde muestra cómo la palabra de la buena nueva, llevada por los apóstoles bajo el impulso del Espíritu, llega a todos los rincones del mundo.

El evangelio según San Mateo se redactó seguramente entre el 80-90, en una comunidad de antiguos judíos que se hicieron cristianos. Mateo ataca con viveza a los fariseos de Yamnia y muestra cómo en Jesús cumple las Escrituras.

San Mateo y San Lucas, en su intento por llegar al misterio de Jesús, se remontan hasta su infancia, presentándola bajo la luz de su vida y de su resurrección.

El evangelio según San Juan es una meditación muy profunda sobre Jesús palabra (o verbo) de Dios. Escrito quizás entre el 95-100, muestra cómo el crucificado está hoy vivo y nos da su Espíritu. A través de los signos que hace Jesús, hay que creer para ver. JUAN -el mismo o quizás otro- presenta en el Apocalipsis a Jesús como término de la historia.

Entretanto, Juan, Pedro, Santiago, Judas y otros discípulos escriben cartas a diversas comunidades.

El año 135, tras una segunda rebelión de los judíos, los romanos diezman a la población. Durante varios siglos, los judíos no podrán entrar en Jerusalén. Los cristianos ya habían dejado la ciudad y se habían instalado por toda el área mediterránea.

3. CONTEXTO HISTÓRICO Y LITERARIO

Tanto ayer como hoy, lo que más influye en la vida de las comunidades es la realidad en la que viven. Comprenderla ayuda a entender los cambios que se dan en el mundo y en la Iglesia. Muchos errores se cometieron y se siguen cometiendo por no analizar la realidad. En cuanto al ambiente histórico del Nuevo Testamento también se pueden distinguir tres momentos:

a. El Evangelio entre los judíos (años 30 al 40) Todo comienza el día de Pentecostés con el primer anuncio de la Buena Nueva (Hch 2,1- 3 6 ) , que se extiende rápidamente por Palestina (Hch 2,41-47; 4:5, 14; 6,7; 9,31). Es el período del “Movimiento de Jesús”, que termina con la crisis provocada por la política del emperador Calígula (años 37-41) y por la persecución de los cristianos por parte del “rey” Herodes Agripa (años 41-44). En esta fase inicial, los cristianos eran casi todos judíos convertidos. Tenían la simpatía del pueblo (Hch 2,47). Eran vistos como uno de los muchos movimientos de renovación dentro del judaísmo. Formaban pequeñas comunidades alrededor de las sinagogas, al margen del judaísmo oficial. El crecimiento, tanto geográfico como numérico, los obligó a crear nuevas formas de organización, escoger nuevos animadores y misioneros, llamados diáconos (Hch 6,2-6).

b. El Evangelio en el Imperio Romano (años 40 al 70) Las persecuciones y la voluntad de anunciar la Buena Nueva “a todas las criaturas” (Mc 16,15) hacen que la Buena Nueva se extienda por el Imperio y penetre en todas las grandes ciudades, inclusive en Roma, la capital, el “fin del mundo” (Hch 1,8). La rebelión de los judíos y la brutal destrucción de Jerusalén por los romanos (año 70) crea una nueva situación y marca el fin de este período.

Este es el período de la impresionante expansión misionera en el mundo griego, el mundo de la polis (ciudad). Pablo y sus compañeros ¡recorrieron cerca de 16.000 km! Enfrentaron muchos problemas. Esta expansión está marcada por la fuerte tensión entre los cristianos venidos del judaísmo y los nuevos que llegaban de otras etnias y culturas.

Estas tensiones produjeron cambios en la manera de pensar y de vivir. Saulo de Tarso y Bernabé fueron personajes claves para realizar esta difícil transición. De hecho, dentro de sus propias vidas, ellos pasaron del mundo de la observancia de la ley que acusa y condena, al mundo de la gratuidad del amor de Dios que acoge y perdona (Rom 8,1-4.31-32; Hch 4,36-37). Habían pasado de la conciencia de pertenecer al único pueblo elegido, privilegiado por Dios entre todos los pueblos, a la certeza de que en Cristo todos los pueblos habían sido fundidos en un pueblo único (multi-racial y pluri-cultural) delante de Dios (Ef 2,17-18; 3,6).

Es en este período donde las comunidades comienzan a descubrir su propia identidad. Fue el pueblo de Antioquía el que comenzó a percibir la diferencia entre los judíos y los que creían en Cristo. Para distinguirlos, les dio a estos el nombre de cristianos (Hch 11,26). A partir del nombre que les dio el pueblo, la comunidad comienza a darse cuenta de su identidad. El despertar de la conciencia se realiza en diálogo con el pueblo que tiene a su alrededor. ¡Hasta el día de hoy

c. Organización de la Iglesia. Desde el año 70 al 100. Es un período, marcado por graves conflictos y problemas. Continúa y se hace más profunda la lenta transición del judaísmo hacia el mundo griego que será explicado en el segundo capítulo. El trauma que quedó de la destrucción de Jerusalén, se vio aumentado por la trágica separación entre judíos y cristianos, que se transformaron en dos religiones diferentes, enemigas entre sí.

En este período, muchas doctrinas y religiones diferentes comienzan a invadir el Imperio Romano. Esto es señal de crisis espiritual y de inestabilidad general. Ellas penetran también en las comunidades y provocan nuevas tensiones y conflictos.

Separados de los judíos, los cristianos se convierten en blanco de persecuciones cada vez más fuertes por parte del Imperio Romano. Al final del primer siglo, bajo el gobierno de Domiciano, fueron declarados “religión ilícita”.

De este tercer período son las “Cartas Católicas” (de Juan, Pedro y Judas), el Apocalipsis, las “Cartas Pastorales” (a Timoteo y a Tito) y, probablemente, las cartas a los Efesios y a los Colosenses. En este período se hace la redacción final de los evangelios de Mateo, Lucas, Juan y los Hechos de los Apóstoles.

4. LA VIDA DEL SIGLO I

Ambiente cultural. Palestina en el siglo I, estaba dominada por el Imperio romano con una proyección única hacia oriente; vivía la gran herencia de la cultura griega, pero también poseía grandes rasgos de la cultura helenista. El Imperio helenista, nacido de la conquista de Alejandro Magno, que llegó hasta los confines de la India (333 - 323 a. C), había conseguido crear su propio ambiente político y cultural. La vida política y la cultura estaban íntimamente ligadas en la ciudad helenista.

El ambiente socio - económico del pueblo helenista se caracterizaba por la ciudad, ya que allí florecía el enorme desarrollo económico con sus infraestructuras políticas y sociales.

La ciudad helenista. Las ciudades griegas son las bases para las grandes ciudades helenistas; las viejas ciudades se transformaban y se creaban otras nuevas. Para motivar a la gente a habitar estas grandes ciudades se daban beneficios y privilegios; por ejemplo, se hablaba de paz y orden en el entorno, y los convertían en propagadores de la cultura helenista. Los dos mejores ejemplos de estas ciudades son las de Alejandría en Egipto, fundada por Alejandro Magno; y la de Antioquía, fundada por uno de los primeros seléucidas como capital del Reino que luego se convertiría en la capital de la provincia romana de Siria. Estas dos ciudades tendrán una importancia capital en la historia de la Iglesia primitiva.

Estas ciudades y otras también helenistas no eran una reproducción de la Polis griega, era algo propio. La verdad es que en poco tiempo los colonos griegos se adaptaron a las costumbres locales y la gente aprendió a la vez la lengua y la cultura del helenismo; de esta manera, se creó un nuevo tipo de civilización cosmopolita. Además de la lengua y la cultura que constituían un medio fácil de intercambio comercial, las ciudades se relacionaban entre sí, creando una buena red de comunicaciones.

El florecimiento del comercio, de las nuevas técnicas de producción y de artesanía, hizo que la clase media prosperara rápidamente en lo socio-económico, logrando incluso estar por encima de la aristocracia, que hasta entonces había tenido el poder en sus manos. Pero no se puede olvidar que la espina dorsal de la economía helenista continuaba siendo la agricultura y el pastoreo. Aunque para esa época, ya se habían introducido nuevas técnicas de producción, la gente no consiguió vivir mejor; los ricos que aumentaban su riqueza en forma continua eran pocos.

La tierra conquistada era entregada a pequeños propietarios en condición de compradores o arrendatarios. En este trasfondo hay que leer muchas parábolas evangélicas que habla de amos que se marchan lejos y deja sus propiedades en manos de arrendatarios (Cf. Mt 21, 33-40; Mc 12, 1-10). Otras hablan de pequeños y grandes propietarios de tierras (Cf. Lc 15, 25 - 28), de deudas y deudores (Cf. Mt 18, 23- 35), de extorsiones y corrupciones (Cf. 16, 1-9) de ricos que prosperaban y los pobres mendicantes (Cf. Lc 12, 18; 16, 20), de jornaleros (Cf. Mt, 20, 1-6), de administradores puestos al frente de una empresa del propietario que se va al extranjero (Cf. Mt, 24, 45- 51). Cuando no se tenía con que pagar, una persona podía venderse como esclavo, y con toda la familia si la deuda era demasiada grande (Mt 18,25). Lo anterior deja entrever dos tendencias en el helenismo: la esclavitud y los impuestos.

Ambiente Político. El cristianismo del siglo I se mueve bajo el poder político del Imperio romano. Este gobierno que se caracteriza por ser tolerante con el judaísmo, lo es también con el cristianismo, considerando este último como una facción del judaísmo.


La historia de Palestina está estrechamente ligada a la de Roma a partir del siglo I a.C. Palestina no era entonces más que una pequeña provincia del Imperio romano. Nuestro mar, así es como llamaban los romanos al Mediterráneo, alrededor del cual extendieron su poder por varios siglos. En el año 63 a.C. el general Pompeyo conquistó a Siria - Palestina, comenzando una ocupación militar que tuvo su apogeo con la toma de Jerusalén por Tito en el año 70 d.C., y su destrucción en el año 135. Desde el Reinado de Augusto se impuso la llamada paz romana.

Roma estaba organizando su inmenso Imperio, rico y sin rival alguno. Desde su inicio tuvo la misión de unificar a todos los pueblos, para ello se valió de algunos elementos que ayudaron a la constitución de un poderoso Imperio.

Entre los principales elementos para esta unificación está la lengua. Con la introducción del latín, como lengua oficial, entra a reemplazar una gran variedad de lenguas que hay en el entorno, y que podría ocasionar divisiones en el Imperio. En Siria - Palestina se continúa hablando el arameo; el hebreo permanece como lengua litúrgica.

Para poder instaurar un solo Imperio es importante organizar la parte administrativa. El gran Imperio se divide en provincias unidas de una u otra forma a Roma. Unas son dirigidas por un procónsul, otras por un legado, otras por un prefecto o procurador. Algunas provincias conservan autonomía propia.

Además, era necesaria la organización de las vías de comunicación. En este territorio hay una gran cantidad de comunicaciones, donde las vías romanas se reservan a los correos imperiales y al ejército, así como a algunos privilegiados; éstas permitían llegar rápidamente a cualquier rincón del Imperio. Eran numerosos los barcos, tanto en los ríos como en el Mediterráneo mientras era navegable, transportaban mercancías y pasajeros (Cf. Hch 27, 37).

La justicia y los impuestos constituyen otros elementos necesarios para la unificación del Imperio romano. En cuanto la justicia es igual para todos los ciudadanos. Cualquiera de ellos puede apelar al Cesar y ser llevado ante el tribunal del emperador, censado entonces en cualquier otra jurisdicción (Cf. Hch 25, 12; 26, 32). En segundo momento los impuestos también alcanzaban a todos. Habían impuestos directos que recaían sobres las propiedades y sobre las personas, como se puede leer en el mismo Evangelio: “Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?” (Mt. 25, 17). Estos impuestos eran cobrados por unos encargados, quienes daban un valor global al Imperio, y se valían de recaudadores o publícanos para llevar a cabo este oficio.

Así, pues, con toda su extensión, el Imperio romano es un inmenso territorio protegido por un ejército relativamente poco importante: unas treinta legiones, duplicadas con auxiliares, o sea de unos 350.000 a 400.000 hombres.

Ambiente Religioso. El judaísmo, efectivamente, con su problemática religiosa, repercute poderosamente en el cristianismo. El drama de Jesús, que desemboca en su pasión y muerte, lo mismo que las primeras persecuciones y dificultades en el campo del apostolado, provienen del judaísmo. Este es el primer obstáculo para la difusión del Evangelio.

Para este momento es preciso distinguir entre el Antiguo Testamento y la religión judía, no hay que confundirlas como a veces se hace. Es verdad que en el ambiente judío la Biblia Hebrea ocupaba un lugar privilegiado en donde su uso era restringido y, por tanto, los primeros cristianos tenían poco acceso a Ella, sin embargo se fue configurando con sus usos y costumbres en su fe.

Es en el periodo helenizado donde nacen los diversos partidos religiosos que caracterizan al judaísmo palestino del siglo I entre los cuales se encuentran:

Los saduceos era la casta aristocrática, sobre todo sacerdotal, su doctrina es poco conocida. Solo reconocen como normativa de vida, el Pentateuco; no creen ni e la resurrección ni en los Ángeles. Oportunistas en política, colaboran gustosamente con los romanos para mantener su poder. Fueron duros con Jesús y con el cristianismo naciente. No tenían suficiente vitalidad religiosa para sobrevivirla del desastre del año 70 y desapareciendo entonces de la historia.

Los esenios eran especie de monjes que vivían en comunidad a orillas del mar Muerto, su doctrina es mejor conocida desde que en 1947 se descubrieron los manuscritos del Qumrán. Bajo la guía de un sacerdote que ellos llamaban maestro de justicia, se separaron de los demás judíos, que juzgaban poco fervorosos. Vivían en la oración y meditación de las escrituras, preparando activamente la venida del Reino de Dios. Su monasterio fue destruido por los romanos en el año 70.

Los fariseos eran unos santos. Se separaron de los asmoneos, considerados como infieles, y así se alejaron del pecado. Se muestran preocupados sobre todo por vivir la santidad de Dios y cuya ley meditan asiduamente. Como saben que es difícil vivir diariamente en la presencia del Dios, se rodean de toda una red de prácticas. No se le pueden considerar del todo hipócritas por aquello del fariseo de la parábola (Lc 18 9-13) que practica el ayuno dos veces por semana, que da el 10% de los bienes a los pobres, pues así lo hacen.

Son testigos auténticos de la verdadera fe, dado que el mismo Jesús, según el testimonio de algunos autores, recibió de ellos gran parte de su formación y su manera de orar a Dios. Su único error está en creer que pueden apoyarse en su santidad para acercarse a Dios, que se ha ganado el cielo con sus méritos. Si Jesús se opuso a ellos con tanta dureza, quizás es porque se sintió decepcionado de ver cómo pervertían así su santidad y también porque ejercían una gran influencia sobre el pueblo sencillo que los admiraba. Esta influencia se debía más a su santidad que a su número: no eran más que unos 6.000, algunos mostraron con Jesús y sus discípulos una actitud muy abierta (Cf. Jn 3; Lc 7 , 36; 13, 31; Hch 5, 34; 15, 5; 23,9). Fueron ellos los que salvaron al judaísmo después del año 70.

Se puede distinguir tres formas de vida de los fariseos:

• La observancia meticulosa del sábado.
• La ley de la pureza de los alimentos y en las relaciones con las personas y las cosas.
• El diezmo que había que pagar escrupulosamente, incluso de los productos que dudasen si estaban diezmando.

Además de estos preceptos fundamentales, añadían otras buenas obras realizadas espontáneamente, como el ayuno del lunes y del jueves (Cf. Lc 18,12) y obras de caridad. Las buenas obras debían igualar delante de Dios a las posibles faltas cometidas.

Dentro del movimiento de los fariseos se encuentra una clasificación de siete clases: Los mismos fariseos sabían distinguir con humor un tanto cruel entre los buenos y los malos entre ellos. Cuatro textos del Talmud ofrecen listas diferentes.

• Los “anchos de espalda”: escriben sus acciones sobre la espalda para que los hombres los respeten.
• Los “rezagados”: con el pretexto de otro pretexto urgente que cumplir, retrasan pagar a los obreros.
• Los “calculadores”: se dicen que, como tienen ya muchos méritos acumulados, pueden permitirse el lujo de cometer algún delito.
• Los “ahorradores”: se preguntan qué cosita pueden hacer para aumentar sus méritos.
• Los “escrupulosos”: se preguntan por los pecados ocultos cometidos para compensarlos con alguna buena acción.
• Los “fariseos del temor”: que actúan como Job.
• Los “fariseos del amor”: que actúan como Abrahán; son los auténticos.

Los escribas o doctores de la ley son reconocidos como tales a lo largo de un proceso de vida y de estudio, hacia la edad de los 40 años. Tienen una larga influencia como intérpretes oficiales de las Escrituras, tanto en la vida corriente como en los tribunales. Algunos son sacerdotes pero la gran mayoría son laicos y fariseos, verdaderos maestros del pueblo. En muchas ocasiones comparten con el pueblo su pobreza, entre los más destacados se encuentra a Gamaliel el maestro de san Pablo, entre otros.

Los escribas rodearon la ley de la verdadera “valla” de prescripciones. De hecho podía ser un medio de liberación: extendieron de este modo a todo el pueblo las reglas de pureza reservadas a los sacerdotes, permitían a todos estar cerca de Dios.

El Grupo de los zelotes representaba al sector más extremista de los fariseos. Al contrario de ellos, recurrían a la violencia inspirándose en Finjas (Nm 25, 6-14) y Matatías (1 Mac 2, 24.26.54), padre de los Macabeos.

Los samaritanos no forman una secta propiamente dicha. Se separaron del judaísmo oficial. Tenían el Pentateuco en común con los judíos, pero construyeron su Templo en el monte Garizín. Mantenían unas relaciones tensas con los judíos (Cf. Lc 9, 52; Jn 9,4; 8, 48), lo que llevó a que el comportamiento de Jesús con ellos escandalizara a sus contemporáneos (Jn 4,5-40; Lc 10,13; 17,10-17). La misión cristiana se desarrolló primero entre ellos (Hch 1,8; 8, 5-25; 9,31; 15,3).

Los bautistas se encuentran entre 150 a.C. y el 300 d.C. Tanto en Palestina como en otros países los movimientos bautistas aumentaron. Se caracterizaban por la importancia que daban al bautismo como rito de iniciación o de perdón, y por una actitud hostil frente al templo y a los sacrificios.

En esta misma corriente se encuentran los nazareanos, que rechazaban todo sacrificio cruento. El movimiento de Juan el Bautista se inscribe en esta corriente, pero no tiene nada de sectario: está abierto a todos y no rechaza nada de la fe tradicional. Parece ser que este movimiento sobrevivió a su muerte, como lo atestigua el grupo que existía en Éfeso hacia el año 54 (Hch 19, 1-7).

5. JESÚS Y LA IGLESIA PRIMITIVA EN SU AMBIENTE HISTÓRICO.

Después de haber hecho un recorrido por el triple marco: helenista, romano y judío del Nuevo Testamento, se tendrán en cuenta dos ejes: la persona de Jesús con su movimiento y el crecimiento constante de la primera comunidad.

Jesús y su movimiento. Durante la vida pública de Jesús, no se encuentran normas para la estructura de una comunidad futura, no obstante, esto debe llevar a pensar que Jesús predicó el Reino y nació la Iglesia. El deseo de Jesús era crear un movimiento dentro de Israel (Cf. Mt 10, 5-6); al respecto, no se puede negar la experiencia de los discípulos cuando son enviados a anunciar a los confines del mundo, como se encuentra en el mandato misionero (Mt 28, 19). De esta manera, se debe entender que la historia de Jesús es en gran parte, la historia de los inicios de la Iglesia, sin importar si Jesús utilizara o no el término Iglesia para llegar a pensar en una comunidad futura.

Lo que sí ofrece sin duda el Nuevo Testamento, es el comienzo de la vida Pública y del ministerio de Juan el Bautista, que parece ser el más seguro, puesto que presenta una tabla sincrónica de Lucas 3, 1-2. El dato mas preciso de esta tabla es el decimoquinto año del Imperio de Tiberio César, que podría ser el 26 o el 28 d.C. La duración de la vida pública de Jesús depende de los datos y de la preferencia que se den a los Evangelios Sinópticos o al de Juan; este último varía respecto a los otros en la fecha de la muerte de Jesús (hacia el 7 de abril de 30 d.C.).

El centro de la actividad y predicación de Jesús es el Reino de Dios, del que se decía portador. Su predicación era diferente a la judía y a la del Bautista, ya que predicaba un Reino ya hecho realidad, no era algo legado, además traía la salvación a los pecadores y pobres, es decir, la salvación estaba abierta a todos. Es aquí donde se vislumbra ya aquella apertura a la misión universal a la que había de orientarse la Iglesia universal.

La actividad de Jesús y el anuncio del Reino de Dios encuentran un significado en la misma persona de Jesús. Es ésta la diferencia de otras corrientes religiosas del momento, anuncian grandes teorías, en cambio Jesús se anuncia a sí mismo y desde Él el Reino de Dios.

Es en este caminar que poco a poco mucha gente se le une; unos por voluntad propia y a otros les hacen un llamado directo; de forma especial llama a un grupo para formarlos y enviarlos: los Doce, ellos, no sólo son formados, sino que Jesús les da el poder de anunciar en su nombre el Reino de Dios y la capacidad absoluta para formar una comunidad escatológica.

Las indicaciones sobre cómo habrían de ser las futuras comunidades cristianas son más bien vagas, presidiendo de la promesa a Pedro (Cf. Mt 16, 17- 19) y que hizo al grupo apostólico (Cf. Mt. 18,18) orientará a la Iglesia. Lo que está claro de todas formas es que la voluntad de Jesús es hacer un movimiento escatológico, que anuncia y que trae el Reino de Dios. Éste, tendrá que continuar hasta difundirse y abrasar incluso a los paganos, pero sólo después de su muerte y su resurrección.

La comunidad cristiana desde su comienzo hasta el 70 d. C.: de un grupo judío a la religión universal.

La Iglesia primitiva era al comienzo un grupo particular dentro de la religión judía, a la sombra del Templo y de la Ley. Podía ser considerada como un nuevo grupo judío, al estilo de los saduceos, fariseos o esenios. Mientras que en Jerusalén son los judíos los que discriminan y combaten (hasta llegar a matar a Santiago de Zebedeo en el año 42), en Roma, por el contrario en el año 49, cuando fueron expulsados los judíos, parece ser que la autoridad política seguía confundiendo a los cristianos con los judíos. Los cristianos fariseos deseaban continuar siendo judíos. Pero en la apertura progresiva a los judíos “helenistas”, a samaritanos, a los prosélitos, a los temerosos de Dios y a los paganos, la comunidad cristiana, liberada de la Ley de Moisés, se distinguió externamente de la sinagoga; por eso en Antioquía las autoridades políticas les dieron por primera vez el nombre de cristianos.

La separación definitiva de la comunidad judía se habría realizado algo después con la destrucción de Jerusalén y del Templo. En los dos decenios posteriores al 60, tras la muerte de Santiago en el año 62, el liderazgo de Jerusalén se desplazaba a Roma.

La comunidad de Roma, ciudad capital del Imperio romano y lugar donde había sufrido su glorioso martirio los apóstoles Pedro y Pablo, se sintió investida del papel que había tenido en los primeros decenios la comunidad de Jerusalén, es decir, el de inventar para resolver las controversias con la Iglesia hermana. Pero la Iglesia cristiana no se hizo en Roma religión Universal. La apertura a la misión universal, y por lo tanto el impulso a convertirse en religión universal se había dado ya antes, bajo estímulo de Antioquía, precisamente en aquella ciudad de Jerusalén que se había ido cerrando progresivamente en si misma hasta llegar a desaparecer, al menos por importancia en relación con otras comunidades.

En los años posteriores al 60 se compuso probablemente en Roma el Evangelio de Marcos, el primero de los Evangelios. Junto con la carta de Pablo a los Romanos, era el sello de la importancia central que estaba adquiriendo entonces la Iglesia de Roma.

A modo de conclusión en este periodo de la Iglesia primitiva fue cuando la encarnación del Hijo de Dios se hizo no solamente encarnación histórica, sino también encarnación literaria en los escritos que habrían de formar el camino neotestamentario. El Nuevo Testamento es un testimonio vivo de la encarnación histórica del Hijo de Dios y de la comunidad que tuvo en él su origen. Por eso mismo, el conocimiento de la historia es necesaria para la fe cristiana, si quiere tomar conciencia de su especificidad como respuesta verdadera e integral a la demanda consciente o inconsciente de la salvación que brota del hombre y de la humanidad en la historia de ayer y de hoy. A través de la historia de Jesús y de su Iglesia, es como la historia del hombre perdido se abre continuamente a la esperanza de hacerse historia de salvación, presente y futura.

A MANERA DE CONCLUSIÓN
REFLEXIÓN ESPIRITUAL

El siguiente es un fragmento de una Carta muy antigua que se conoce como la Carta a Diogneto escrita probablemente hacia el siglo II d.C. y que describe la vida de los cristianos de las primeras generaciones. Lo invitamos para que la lea y al final medite sobre lo que es la vida y la obra de la Iglesia de Cristo en los tiempos de hoy.


Los cristianos en el mundo


"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.


Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.


Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.


Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.


El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar."


De la Carta a Diogneto (Cap. 5-6; Funk 1, 317-321)

 

Oración
Oh Dios, que amas la inocencia y la devuelves a quienes la han perdido, atrae hacia ti el corazón de tus fieles, para que siempre vivan a la luz de tu verdad los que han sido librados de las tinieblas del error. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Termine con una visita al Santísimo y dele gracias a Dios por el ser Cristiano.

 “No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del maligno”


Jn 17, 15

 

 

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